Carta abierta al amor

<Inserte canción de Vanessa Da Mata & Ben Harper, Boa Sorte>

Llorar era una cuestión fácil para mí, eso es lo que he querido pensar en este tiempo; pero en realidad lo aprendí: al nacer me costó, me faltaba oxígeno para poder hacerlo, me faltaba energía, yo me estaba dando por vencida. Y ahora que estoy naciendo de nuevo, parece que me está costando otra vez.

La primera vez que cortamos en serio, porque nos enojábamos y nos tirábamos los teléfonos y nos separábamos cada nada ¿sabés cuán frustrante es pelear con alguien ausente?, me tomó cuatro días enteros poder llorarte; no hubo música en esta tierra capaz de acelerar el proceso, no hubo recuerdos que me ayudaran, no hubo fotografía que no viera para hundir ese cuchillo más rápidamente… no hubo esperanza truncada, sueño roto cual espejo hecho trizas que me ayudara a purgar esta pena. Nada, nada, nada, NADA… Seguía ahí lenta, agónica, furiosa… Con esa furia de las lluvias de octubre, con esa furia de perderlo todo, con ese enojo violento de la frustración y el desamparo, con esa furia de que no te querés dar por vencido (porque nunca dejo las cosas a la mitad, vos me conocés, las llevo a las últimas consecuencias, nunca huyo, nunca abandono… hasta que me abandonan).

Te extrañé con esa furia y esa urgencia con la que sale la sangre en una herida abierta, con esa furia de animal herido.  Y no podía llorar como uno debería llorar en esos casos, no: eran cuatro lágrimas o cinco y luego, sequía, sequía… El llanto se acaba como si nada hubiera pasado. Cortázar había olvidado escribir instrucciones para llorarle al amor.

Despedirte en el aeropuerto la primera vez estuvo precedido de un mes de llanto: 31 días o 744 horas, sola o acompañada, aquí o allá… Me hice especialista en llorar sin sonido y aún hoy puedo hacerlo, casi sin moverme. Era un llanto desesperanzado, un llanto al que se le ha desgarrado los músculos, un llanto de no retorno, un llanto de que se nos acaba la vida. Era un llanto que me rompió la piel de las caderas, me dejó las uñas rojas y me dejó tirar de la piel de los pies como tiras de papel.

Separarme, definitivamente, de vos no tiene adjetivos, ni adverbios, pocos verbos, casi ningún artículo, dos preposiciones y una conjunción. Miráme a la cara, mirá mis ojos y sea lo que sea que encontrés eso es separarme de vos: nunca lo entenderás, has estado tanto tiempo ausente que ya no sabés quién soy. ¿Tuvimos suficiente tiempo para que la mirada del otro se nos quedara grabada en la retina? Estar lejor de vos era la constante, la rutina; extrañarte era lo usual, después la frustración, el enojo y la incapacidad para no pelear: esa soledad de la ausencia tiene la capacidad de desmoronar la vida misma ¿en qué clase de ser humano me estoy convirtiendo? Ahora que finalmente estoy irremediablemente triste te recuerdo, como un condicionamiento pavloviano y estoy llorando.

Quiero que definitivamente desaparezcás, quiero que definitivamente solo sea un pasado ajeno, ni siquiera mío. Pero tomará tiempo. No quiero leer las cartas, no quiero recordar los planes, no quiero ver a los amigos en común, no quiero pensar en eso, no quiero pensarte, no quiero tener un solo cactus cerca, no quiero pensar en los asados, no quiero pensar en tener miedo, no quiero pensar en la gente indígena, no quiero pensar en los lugares a los que nunca fuimos, no quiero pensar en que contabas historias, no quiero recordar las estrellas, no quiero pensar en lingüística, no quiero pensar en la cocina, no quiero pensar en Sofía, en las fiestas de los amigos, en la decoración de la casa, no quiero pensar en los cuartos para pagar la lavandería, no quiero pensar en mi nostalgia por el café de la tarde en un país donde no valoran los detalles pequeños de la comida, no quiero pensar en la cuarta avenida, no quiero pensar en todo el amor que me diste, no quiero pensar en tu mirada cada vez que yo no podía contenerme para comprar un libro, no quiero pensar en la música de H&M, no quiero pensar en la paciencia que te tenía cuando había que comprarte ropa, no quiero pensar en tus zapatos, en esa alfombra y el sofá verde, no quiero pensar en la frustración de haber estado a más de cuatro mil kilómetros de distancia… Quiero pensar que la próxima vez Buenos Aires será mía.

Quiero que sea definitivo, como si hubiera algo definitivo en esta vida esperándonos en la esquina, como si pudiera reconocer que algo de definición tenemos y suprimir esa ilusión de libre albedrío, algo tan definitivo como la lluvia cuando el cielo está negro y pesado, tan definitivo como esa luz de antes del anocher que te cubre como brea. Llorarte me ha tomado un mes, UN MES entero y se siente como si sus días se hubieran multiplicado, como el moho en las paredes, como la hiedra en la ventana, como la mala hierba en el jardín o las hormigas en la miel. Y de repente, me siento tristemente furiosa, sola y vacía… hay demasiados cascarones en estas manos.

Tengo el corazón roto, no me había dado cuenta de cuán roto estaba. Los pedacitos incrustados en mi carne me han dado valor para terminar con todo, para mandar a la mierda todo. Para quemar los puentes, cruzar los ríos y para no querer volver: porque no quiero volver. Para desear, en un solo segundo, que todo se borrara, que todo se fuera, como te fuiste hace más de dos años, hace más de dos años con todos sus meses, sus días, sus estaciones, sus lluvias, sus problemas y toda la vida y toda la muerte contenida en esas horas de ausencia.

Quiero que no volvás porque no puedo perdonarte, no me lo pidás, no insistás, sabés cuánto odio que me pidan perdón. Sabés cuánto odio que me pidás perdón de la misma manera en que odio y odiaré tus promesas porque nunca se cumplirán.

 

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5 pensamientos en “Carta abierta al amor

  1. alicia dice:

    Ana, sos una escritora maravillosa… Supiste poner en palabras aquellas sensaciones que todos hemos vivido, hacer que yo las viviera otra vez a través de tu experiencia. Sepas que el dolor algun dia tendrá que irse… Por mientras me parece que dio sus frutos (por lo menos literarios!!!)

    • ¡Alicia! Muchas gracias!!!! Vi en las estadísticas: alguien de Italia te leyó y yo… 😉 No sabés cuánto tiempo he dudado en su volver o no a escribir y bueno, estos comentarios me ayudan a seguir en esta locura. El dolor ciertamente se irá acabando, en la medida en que haga cosas para ser feliz. ¡Un abrazo del otro lado del charco!

  2. Erika Sf dice:

    Cuando leí la necesidad de olvido, yo también lloré, porque los corazones que se han desgarrado alguna vez por la distancia y la ausencia tienen una memoria maldita que los persigue, y los hace de cuando en cuando llorar, aunque ya se hayan cerrado muy fuerte las venas por donde el amor entra, para asegurarse que ese llanto solo será un recuerdo… nunca más una vivencia.

  3. violadupin dice:

    Wowwwww!!!! Me encantó!!!! Cada palabra, cada intensión… Magnifico, definitivamente quedo en mi: “incrustados en mi carne”. Me recuerda a un texto que escribí ya hace años:

    Cuándo volverá la falda de unicornios
    y el elefante juguetón que veo en tus ojos.

    Quisiste dejarme en aquella laguna,
    a la orilla de una avestruz que murmuraba
    en mi oído tus atroces misterios.

    No sé

    ¿Hasta cuando seguirá la luz encandilando?

    Me parto las piernas y sigues ahí
    burlándote
    riendo de mis lágrimas dulces

    ¡ te empalagas tan rápido!

    ¿Sabes mis secretos?
    Entre los dientes se encuentran los esclavos
    piedras para mi lengua

    No recordaba
    la sensación de úlceras en las manos
    cuando rozo los cuchillos de tu piel

    Si ya sé…
    ¡ quieres hablar!
    Dime…
    Cuántas veces tendré que decirte…
    ¡no creo en el perdón!

    LAUCO 😦

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