¿Negro o blanco?

“L’automne déjà ! – Mais pourquoi regretter un éternel soleil, si nous sommes
engagés à la découverte de la clarté divine, -loin des gens qui meurent sur les saisons.” Une saison en enfer, Rimbaud.

Son dos de mis colores favoritos, dos, porque a esa lista tenemos que agregar el azul y el gris, porque se ven bien con los otros tres colores. Pero no es de eso de lo que quiero hablar.

Dependiendo de la cultura la gente se viste de negro o de blanco cuando se muere alguien. Dependiendo de las familias, y en mi experiencia en funerales, la gente se viste como mejor puede; hay que agradecer que la gente llegue, al menos, vestida. De negro o de blanco, tradicionalmente esos colores son para invisibilizarse ante la muerte. De eso se trata los ritos funerarios: son para los vivos, para ponerle un fin, para aceptar que algo cambió, para aceptar que la vida sigue… aunque sea para algunos.

En todo caso, quiero partir del hecho de que la muerte solo es un problema para los vivos. Desde pagar la misa, buscar al pastor, al monge, decidir dónde cremarlo, en cuál cementerio, avisar a la gente, los trámites, papeleos y burocracia. (Hago un paréntesis enorme para indicar que, en primer lugar, en mi funeral no va a haber misa ni ritos religiosos, dejaré una lista con mis posesiones para ver quién se queda con quién y a alguien de confianza le daré las contraseñas de todo para que cierre todo y muy importante, sin cementerios de por medio, porque son bien caros).

La muerte es un asunto para lo vivos, para los que tienen que vivir el duelo.

Hoy estoy aceptando mi propio duelo.  Lo vi venir una noche, hace unos meses, en la playa.  A lo lejos, los relámpagos; arriba orión con su cinturón y lo sentí llegar, con las olas incansables en plena marea baja: era necesario dar una caminata a solas mientras los otros descansaban. Lo vi llegar, pero era de noche: no sabía bien quién era.

No es que se me haya muerto nadie, pero sí que se me ha muerto una parte de mí, lo acepto, está ahí, como en los retratos de Frida. No pude impedirlo y esa impotencia hace que la gente le rece a algún dios, busque la meditación, tome alcohol o inhale drogas: yo no puedo, no quiero una salida tan fácil, si ha de romperme que lo haga. No tengo ningún dios a quién rezarle, no quiero meditar, no quiero emborracharme y amanecer con el estómago destrozado, no quiero drogas. Quiero enfrentar lo que sea que me hiere, quiero verlo en su esplendor, quiero demolerlo, destruirlo, que sea mi rival. Quiero que esto pase rápido, quiero que todo se acabe ya, quiero, en la impaciencia que más me caracteriza, que sea lo que sea que pase, que pase ya y que me deje en paz. Lo que quiero es un botón de borrado, un devolverse en el pasado; quiero, desde el fondo de lo poco de humanidad que me queda, que todo fuera como antes.

Tengo el armario lleno de blusas blancas y camisetas negras, jeans, abrigos grises, negros y blancos; blusas azules, bufandas blancas, negras, azules; medias negras, blancas, azules; faldas negras y azules; zapatos negros y azules. Y ninguno de esos colores me prepara contra la muerte. Tengo mis libros favoritos a mi lado. Tengo mi cámara funcionando, mis fotos favoritas, la música que quiero que suene en este momento. Tuve a mano cantidades obscenas de chocolate, tengo a alguna gente querida cerca y nada de esto me preparó para mi propio luto: porque así es… nada te avisa, nada te prepara.

Nada me preparó para saberme desempleada, nadie me preparó para ver las ruinas. Nada me preparó para perder a mis amigos, nada me preparó para perder mi rutina, nada me preparó para saberme preparada y saber que nadie me quiere emplear. Nada me preparó para la desgastante rutina de mandar currículums y saber que al día siguiente no habría respuesta de nadie. Nada me preparó para saber que seguir tu propio instinto vocacional iba a salir tan caro. Nada me preparó para la soledad del amado ausente, nada me preparó para ver cómo la vida se rompía en sí misma en un absurdo vacío. Nada me preparó para saber que a estas alturas de la vida estaría en estas circunstancias. Nada me preparó para ver mi familia reducirse en una especie de silencio roto por el dinero. Nada me preparó para saber que tengo que empezar de cero, una vez más, pero esta vez sola. Nadie me preparó para esta angustia, este sin sentido, para este silencio de alfileres en la garganta.

Nada, parece que uno nunca estará realmente preparado para lo que realmente vale la pena prepararse.

No me pregunten en qué etapa estoy, porque no lo sé. Estoy segura que me ha tomado muchos meses de negación, muchos, muchísimos. No sé si habré llegado a la ira, no sé si la negociación es mi compañera ahora. No sé si la depresión es la que me anima a no querer salir de las sábanas la mayoría de las mañanas o la que me motiva a ver episodios de comedia española para no pensar los domingo por la noche. No sé si escribir o decir esto en voz alta es parte de la aceptación.

No me pregunten cómo me siento: les diré que estoy bien, que no ha pasado grandes cosas durante mis semanas o mis días. Haré comentarios de la política nacional o de los puntos más relevantes de la internacional. Hablaré de la economía, de lo terrible que está. No quiero dar detalles de mi propio duelo porque ni siquiera yo lo entiendo. No quiero llorar en público y no diré mentiras. Sacaré toda la lista de respuestas políticamente correctas que tenga en el bolsillo y solo quienes me conocen bien saben que oculto algo en la pupila. Por dicha, la mayoría no sabe ni de qué color son exactamente mis ojos ni el tamaño de la cicatriz de mi mano derecha, de manera que la mayoría no lo sabrá.

 

Estoy de duelo.

No sé por cuánto tiempo.

 

 

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