Tamarindo… o la historia de un terremoto

Para empezar, clase de geografía auspiciada por google maps. ¿Dónde está Tamarindo? Sí yo sé, que Tamarindo es el nombre de esa fruta para hacer fresco (sí puedo ver en su cara que a usted claramente no le gusta, que pena porque a mí sí) y también se usa en la expresión “vamos a tomarnos los frehcos de tamarindo”. Pero no, me refiero al lugar físico, geolocalizable.

A ver…. escucho sus respuestas.

No todos a la vez…

Ajá, sí… y usted ¿qué opina?

Un momento que esta cosa no carga (pago la tarifa más barata de internet).

Bueno, esta es la respuesta:

Tamarindo por mucho no es mi playa favorita. (Sé que acabo de decir una atrocidad, pero soy honesta).  Yo llegué en bus, estaba decidida a no gastar mucho dinero en transporte. Igual te podés ir en avioneta gracias a los servicios de Samsa o de Nature Air (hay descuentos para nacionales y residentes), pero Shirley me lo advirtió un poco tarde y bueno, la verdad es que viajar en bus no es algo que me incomode. Hablemos cuando tenga sesenta (si es que llego a esa edad).

Sin ánimos publicitarios, hay dos compañías autobuseras que hacen viajes hasta allá: Tralapa (ubicada cerca del Hospital Nacional de Niños) con dos horarios de buses 7:00am y 4:00pm (me advirtieron ferozmente no tomar ese bus de las cuatro porque suele durar más y pues algo parecido me pasó yendo a Monteverde en el bus de la tarde y pues se me hizo creíble). La otra compañía, Alfaro ubicada por el Hospital San Juan de Dios también ofrece el servicio en un único horario de las 11:30am. Ese fue el bus escogido para llegar. Tome nota por si usted tiene las malas intenciones de ir ,-)

¿Qué cómo se ocurrió llegar ahí? Pues bueno simple: por un largo tiempo se estuvieron planeando unos cursos de actualización para profesores ELE impartidos por profesores del Instituto Cervantes, los mismos que ahora están haciendo su parte para evitar cierre de Sedes y el ERE (hay nueva página en facebook tratando de difundir información sobre este tema por si tienen curiosidad). En fin, habiendo cerrado este paréntesis, les explico: una semana los cursos eran en San José y la siguiente semana los cursos iban a ser en una escuela de español en Tamarindo.

De buenas a primeras yo no estaba segura de ir, justo estaba mi madre internada en el hospital por una neumonía. Y como ni mi progenitor ni mi hermano saben cocinar, yo era básicamente la única que podía evitar que se quemara el agua hirviendo en la cocina. Entonces, básicamente daba clases durante la mañana, almorzaba en 15 o 20 minutos y luego de 1:00pm a 7:30pm eran los cursos durante esa semana. Luego llegaba a casa, cocinaba, lavaba ropa, ponían en orden las tareas para el día siguiente y francamente quedaba poca energía para algo más. Así que mientras se acercaba la fecha yo ponían en duda mi capacidad para ir… Además, tenía pendiente trabajo para la universidad y tenía que resolverlo esa semana porque de ir a Tamarindo yo no iba a pasar horas de horas conectada a internet. Así que, dejé siete platos fuertes para la semana: pastel de pollo con palmito en salsa blanca, chop suey criollo, pollo frito, pollo con verduras, cerdo en salsa agridulce, salsa de tomate con carne molida y pasta cocida por aparte, cuatro tazas de arroz blanco cocidas, gallopinto para varios desayunos y algo más que se me escapa: todo debidamente empaquetado y rotulado con letras y números con su debido manual de instrucciones pegado en la puerta de la refri, incluyendo qué comer cada día. Dejé un desyuno formidable ese domingo: para que alcanzara para ese domingo y para el día siguiente, terminé de poner los chunches en un bolso y partí.

Al final de cuentas, Olma se me unió en la aventura, compró los tiquetes, una exalumna (profesora también) me ofreció hospedaje y pues corriendo como siempre terminé de poner ropa en el salveque y tomé un taxi como treinta minutos antes de que el bus saliera. ¡Vamonós!

El viaje, sin sucesos. Hace su parada respectiva. Una señora que nos hizo conversación sin ni siquiera habernos montado en el bus pidió un poco de compañía luego de que hubo que subir al autobús, otra vez. Como es bien sabido por ustedes, me cuesta un poco la socialización y a veces simplemente no me da la gana de abrir la boca ni de socializar con la gente, punto. Y pues, cuando en viajo en autobús entro en un modo de silencio, de diálogo interno, a menos que viaje conmigo alguien con quien merezca romper ese silencio yo disfruto ver por la ventana con la única compañía de mi cámara y algún pequeño cuaderno de notas. Lo mismo aplica para los trenes. Como esta no era la situación para cambiar de rutina (y este tipo de señora te saca información incluyendo cuándo fue la última vez que te desparacitaste), me quedé con dos asientos para dormitar, estirar las piernas, tomar fotos o echarle una miradita de suspenso sostenido al muchacho/señor que viajaba al lado del pasillo que de vez en cuando me volvía a ver, con ganas de hacerme una pregunta… Nada como anteojos oscuros y un par de audífonos para establecer esa barrera y salvaguardar ese espacio personal. Al final, como siempre sucede en estos casos, yo obtengo más información de la que doy: soltero, quería hacer conversación con alguien: se sentía solo y lo peor: no sabía lidiar con eso. Tampoco tenía grandes dotes para usar su ipod, era poseedor de bajos niveles de concentración, iba a visitar a un amigo que recién se había mudado ahí, ya para entonces se había quitado sus anteojos oscuros/ azulados de mosca funky y pues tenía unas severas ganas de surfear… Bien por él, nada de eso me impresiona. Que le vaya muy bien.

Mientras tanto…

¿Cuáles palabras se le viene a la mente? Yo: cementerio y campo de entrenamiento acrobático

Nos vamos acercando…

Sí, leyeron bien… “Pollo tropical”

Llegamos, a Tamarindo, sin suceso. Sin decepcionarme porque no tenía expectativa alguna: excepto que iba a hacer calor y que los pies se me iban a hinchar como siempre me pasa en clima caliente: mis dedos parecen pequeñas salchichitas de esas enlatadas, y ante eso: resignación que nada se puede hacer.

Tomamos un taxi y ahí conocí a la taxista más entretenida de la región, conocedora de todo lo que uno necesite saber para sobrevivir victoriosa lejos de su tierra: Janet. (Al segundo taxista, lo conocimos después…) Hicimos una parada respectiva en el Automercado (que tiene una linda piscina, si así se le puede decir con peces Koi y una que otra tortuga) conseguimos provisiones, llegamos a la casa de nuestra huésped (tratando de recordar las señales para sabés cómo diantres volver a hacer ese recorrido) y luego nos dispusimos a dar una vuelta para saber cómo sobrevivir nosotras solas.

De lo mejor de ese pequeño tour: la cantidad increíble de luciérnagas que vi. Parecía como si el cielo entero se hubiera volcado sobre el potrero. Lo peor de ese pequeño tour: darme/ darnos cuenta que la transportación y las distancias iban a crear un conflicto interesante: el servicio público de buses es malo por no decir algo peor y nosotras no estábamos en el centro de Tamarindo, tampoco tenía bicicleta y pues, como buena zona turística, tiene precios altísimos en prácticamente todo. Rápidamente aprendimos que ante la necesidad la creatividad: existe un sistema de taxis colectivos: el chofer saca la manito moviéndola: para delánte o para atrás o como si te saludara con los dedos extendidos o separados: eso quiere decir que si pagás 500 colones te podés montar en el taxi y te deja en el centro de Tama.

Una semana nos esperaba y las aventuras estaban por iniciar…

Día uno: conocer un poco más el lugar. Saber qué hay y dónde. Esencial. Obviamente asistir al curso. Me enamoré de la tienda de la húngara / búlgara que diseña o te hace el traje de baño a la medida… Solo por ella estaría más que gustosa de volver.

Día dos: no recuerdo… Pero sí que los instructores del curso y nosotras nos fuimos a cenar. No piensen que fuimos egoístas y que no queríamos invitar a los otros veintitantos participantes, pero ellos no más decir, hasta mañana y se montaban en bus con rumbo Flamingo donde se estaban hospedando… Así que irremediablemente quedaban cuatro almas hambrientas y extranjeras. Esa cena estuvo divertida, nada empezar porque prácticamente éramos los únicos en el restaurante, sentados en la mesa de drácula. Sin embargo, el camarero (presumo que de origen filipino por esas vocales cruzadas) nos atendió de maravilla. ¡Los mejores camarones de mi vida! Ese gustito fresco a mar en la boca con la textura de un camarón que no se ha recocinado y no tiene esa textura hulosa, sino crujiente y apetecible. Obviamente, presenté el concepto de “cerveza michelada” a los colegas españoles.

La mesa de Drácula…

Día tres: ¡vamos a la playa! En la mañana antes del curso… y de ese día tengo evidencia también.

De hecho esta foto fue tomada a las 8:00am del 5 de setiembre de 2012. La tomé cuando yo había tomado la decisión de que no iba a hacer ejercicio y que mi destino en esa mañana de marea baja era broncearme al sol. Hay evidencia de esa foto en facebook, recuerdo que el texto que la acompaña era algo así como “Mis más secretos deseos se  está volviendo realidad: seminario para profes ELE en la playa”.

Olma que sí tiene vocación de deportista decidió recorrer toooooooooooda la playa. Regresó y entonces, 8:42am tembló. Empezó con todas las aves volando sobre mi cabeza hacia el mar. Empezó con un sonido extraño y una vibración de camión cervecero. Pero qué raro… Estoy en la playa, aquí no pasan camiones.

Tembló… largo y tendido. Si quiere más chisme: este enlace (tiene un video bien coqueto), pobre Glenda que le tocó hacer esa entrevista.

Como ustedes saben yo no le tengo miedo a los temblores, eso está en mi código genético, (hasta cierto punto los disfruto): nunca salgo corriendo, no me pongo nerviosa, no lloro y soy capaz de seguir durmiendo como un bendito después de un sismo de 5 grados (como hoy en la madrugada) y le agarro la mano al que tenga la mala idea de salir corriendo y tranquilizarlo (eso ya me pasó en un cine, sí he vivido dos temblores fuertes en un cine). Pero sí que ver un sismo de 7.9 en la playa fue una nueva experiencia: pude ver cómo la tierra se movía, y eso, déjenme decirles, es algo muy loco. Un italiano con un bebé en brazos, seguido por su perro nos gritó: tienen que salir, tienen que salir. ¿Ah?

Tengo que aclarar que al estar en un espacio abierto la percepción es diferente: no hay mucho vidrios que suenen, no se caen cosas, no traquean paredes. Pero sí que vuelan los pájaros, sí que oía como un estrujido de los vidrios de los restaurantes al fondo, sí que todo se movía. No había comprendido totalmente la magnitud de lo que había pasado, pero sí que había sido fuerte: lo repito, vi como la playa se movía de arriba hacia abajo. No recuerdo si alguien me llamó, pero de inmediato me empezaron a llegar mensajes al google chat: hay alerta de tsunami. Miré el mar, a menos de cinco metros y no vi retirada , claro, como estaba en marea baja… Pero en ese punto sí me preocupé un poco: nada a recoger los tiliches y mi sentido común me decía que lo más lógico era buscar a los que estaba cercanos a nosotros: a los españoles.

Buscamos la salida de la playa a la calle principal para ir a la recepción del hotel. Ahí me alarmé más. Lo que vimos era digno de las películas gringas cuando anuncian que los extraterrestre, gozilla o similar va a matarnos a todos: los carros iban rapidísimo por la carretera, todos en una misma direccion; había gente llorando, corriendo, gritando. Todo era un caos. No hay nada que me asuste más que la reacción de la gente: en grupos somos unos salvajes, con miedo no racionalizamos y las neuronas espejo no ayudan. Ignoramos los ofrecimientos de los taxistas de llevarnos a “la montaña”, sea lo que eso signifique y caminamos a la recepción del hotel. Caos, igual, pero más controlado.

-Sí buenos días, estoy buscando a Jesús Parrondo y a Alfonso Torres…

-Ah sí, los españoles.

-Sí, esos, los españoles.

-Bueno, no sé dónde están.

-Bueno, ellos se hospedan en la otra ala del hotel.

-Sí, señorita. Pero ahí no nadie, ya está totalmente evacuado. Creo que ellos estaban por aquí en el comedor.

-¿Puedo pasar a buscarlos?

-Sí, claro, adelante.

Bueno, a ver… Sí ahí estaban.

-¿Cómo les fue, chiquillos?

Ahí me sentí mejor, la verdad. Cuando uno experimenta lo que puede ser una tragedia y ve caras conocidas y amistosas uno se siente mejor, al menos, si a ellos los evacuaban por tsunami a nosotras también. Pues nada, por internet me seguía llegando la información de lo que iba pasando y ya al rato, cuando la alerta de tsunami fue cancelada, habíamos intercambiado las historias de cómo experimentaron ellos su primer temblor y su primer terremoto (en combo, porque sale más barato), nos dimos la vuelta por la playa.

Habiendo comprendido la magnitud del temblor (corrección, terremoto), me di cuenta en términos de infraestrutura no estamos tan mal. No vi daños terribles en ninguna de las edificaciones, la calle principal estaba en perfectas condiciones, no había luz, pero sí agua y no había muertos. Lamentablemente, no ha sido lo mismo para los hermanos guatemaltecos.

¿Y eso? ¿Se habrán caído macetas de barro?

¡No! No eran macetas, eran tejas las que se había caído.

Unas tejas más rotas en el suelo.

Al regreso, a bañarse. Ellos a una reunión, nosotras a conseguir comida.

Ilusas… todo, todo estaba cerrado. Fervientemente esperé, rogué desde lo más hondo de mi alma que el cajero automático no estuviera cerrado o con averías: por dicha funcionó perfectamente. Al final, el curso por ese día iba a estar cancelado, así que nos fuimos al Arenal. Igual nos iba a sobrar un día de curso porque una de las facilitadoras no se puso la vacuna contra la fiebre amarilla a tiempo. En el camino, los chicos se distrajeron con los paisajes verdes (es que uno como tico lo toma por sentado: todo es verde, obviamente) y yo partes iba dormitando: el cansacio acumulado más la carga de adrenalina del día hicieron mella, a parte el calor, tiene ese efecto soporífero en mí. Nos relajamos en las aguas termales, cenamos rico, pudimos medio ver el volcán (casi nunca está totalmente despejado) y regresamos prestos para el curso al día siguiente.

Al fondo, el Volcán Arenal

(Nota interesante: hasta ahora que me pongo a ver las fotos, me di cuenta que yo no cambié mi blusa en esos dos días… en qué habré estado pensando…) En resumidas cuentas, esa semana en Tamarindo fue buena: aprendí mucho, descansé bastante (que hacía tiempo que me faltaba), hice buenos amigos y conocí ese lugar, que no es mi playa favorita: le falta vegetación, no pude ver un atardecer y en marea baja se torna aburrida. Pero vale la pena ver los relámpagos en la noche.

¡Hasta pronto Tama!

puesto que ahora el terremoto serviría a su histeria y ahora que estaba liberada podía incluso postergar para el futuro la decisión de no ver a Ulises: sólo que hoy quería verlo…

Clarice Lispector

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