¿Diciembre?

Admito que un 30 de octubre tenía un soberano antojo de comerme un tamal.

Spoon, el único lugar donde compro tamales a ciegas, sin miedo a decepcionarme, los empezaba a vender hasta el 1 de noviembre. ¡Chanfle! ¿Cómo se le explica eso a una panza antojada, melancólicamente adobada con la luz de una atardecer precioso? No se puede, simplemente.

Luego, ya, me comí el tamal. Podría asegurarse que la temporada navideña se había iniciado.

No.

Ni siquiera hoy que se ilumina el árbol del Hospital Nacional de Niños.

No.

Ni siquiera esta semana en que las reuniones de navidad se juntaron, todas, en una semana…

-Pero ¿y esto? ¿A qué se debe?

-Diay Ana, estamos acércandonos a los 10, la otra semana serán los veintes y ya… nadie está trabajando.

-(Cara de que no entiendo por qué llegar a los 20 puede ser tan problemático).

-Navidad, Ana, navidad…

Créanme. Yo sigo en un perenne octubre, en un noviembre antojadizo. Navidad, diciembre ni ninguna de esas cosas… No, no han llegado para mí y sospecho que no lo harán.

Esto a penas me sobresalta, levemente cuando lo oigo en la radio en un bus o en un taxi. Pero sí prometo celebrar el fin de año, a como dé lugar, porque este año merece morir.

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