Mi capítulo a El libro de los amores ridículos

Era estudiante de la facultad (eso sonó mal, va de nuevo).

Era una chancleterosa más en letras UCR (eso ya tiene sabor criollo, continuemos,) cuando el único profesor que ha podido matar todas mis amebas, solitarias y demás bichos intestinales sin la ayuda de zentel me dio un libro para que fotocopiara unas páginas para la clase siguiente.

Yo tenía horror de que me diera ese libro, de que le pasara algo a ese libro, ergo, de que me pasara algo a mí.

Para no hacer muy largo el cuento, el libro de una escritora que no era costarricense y de la que nunca había oído abría su libro con un epígrafe que fue el inicio del fin (tenía una historia muy interesante sobre una tesista como yo):

“¿Qué importa que tenga tal o cual aspecto?
¿Por qué se tortura mirándose al espejo?
¿Es que realmente no es más que un objeto a disposición de los ojos de los hombres?
¿Es que no sabe ser independiente de su aspecto, al menos tan independiente como cualquier hombre?”

Milán Kundera, La despedida

 

Y me dije, de la misma manera que cuando uno ve a una persona interesante o atractiva (nótese que no dije guapa), tengo que conocer o llegar a ese libro. Y lo conseguí. Y con ese libro llegaron otros, muchos otros de manera que sí, soy fan de Kundera.

Un día de aburrimiento en una librería llegué a este: El libro de los amores ridículos (cometí el error de prestarlo y ahora no sé dónde estará) y he decidido hoy, hacer mi contribución al respecto, no con un capítulo como pensé, porque me da pena no lograrlo, además de que suena super pretencioso con semejante autor, pero sí con notas de mis propios amores ridículos.

No es que me queje del amor, ni que me queje de la falta de. No, no es eso. Como persona solitaria que ama su independencia, que mal que bien viene recuperando su maltrecho y ajado corazón cerrado por derribo, no necesito en este preciso exacto momento de mi vida ataduras emocionales de metal en un dedo. Eso no, pero sí me divierto de lo mal que algunos intentos pueden salir mientras uno anda besando (si es que acaso se llega al beso) sapos.

No llegar al beso puede ser una cosa muy frustrante. O puede ser la salvación. Más aún cuando quien te corteja tiene un hueco en el zapato que a su vez permite ver que su media azul tiene un hueco también, que trata, sin resultado alguno, de esconder una uña más  sucia que el piso de un apartamento de soltero un lunes por la mañana. No es que tenga nada en contra de los huecos en zapatos, medias y demás, soy tica y como tal soy experta en huecos gracias a nuestras carreteras. Pero sí molesta que el dedo índice derecho no deje en paz esa uña mugrienta mientras una barba peluda y maltrecha te dirige la mirada. ¡Es que eso no es de dios!

-No, no se me antoja fumar hierba.

-Lástima, porque vieras las que hacemos en el aparta con mi compa. (Risas, cabeza levantada hacia atrás, ojos cerrados para que la luz no interrumpa sus gloriosos recuerdos de viajes en submarinos amarillos y verdes.)

Mucho menos que este individuo en cuestión te dé un folletito de poemas que él casi con su sangre sufrida de simbolista francés anacrónico ha escrito con el sudor de su sangre o saber con qué otros fluidos corporales. No quiero saber. El pobre supuso que si yo estaba en una presentación de libros era porque me gustaba leer y que apreciaba la literatura: pues eso tiene sentido. El pobre inocente pensó que si estaba sentada en la última fila del salón era porque era muy tímida, me sentía desamparada y era una presa fácil: nada más alejado de la verdad.

Cuando ya el cortejo se pone violento, léase, la otra persona no entiende por la desafortunada ubicación de su ser en el espectro autista sin diagnosticar, de manera que no entienden que una NO está, ni estará, interesada (hombres, si la chica no los mira, si la chica pone más distancia que las once horas de vuelo para llegar Europa, si la chica no comenta, si la chica simplemente prefiere ver sus propios zapatos aliviada o hay demsiados silencios incómodos, no es que se está haciendo la interesante: es que no está interesada y eso NO VA A CAMBIAR). En ese instante, uno recurre al mejor amigo y le pide que por el amor a lo más sagrado en su vida, sea su novio ficticio por esa noche y la ampare de alguien que aparte de ser bruto no se da cuenta de que lo es.

Horas después, el anacrónico francés muriendo por un buen poco de marihuana, pero arrasando con el bufet,  me reclamó que terrible eso de que las mujeres guapas siempre tuvieran novio. Al menos, para algunas cosas, él tenía buen gusto (estaba arrasando con los quesos franceses) y eso me subió el autoestima; algo así como el tipo que me dijo que yo solo existía para mantener estos ojos tan bellos sobre la faz de la tierra (yo lo mandé a tragar más vino, ni que fuera Liz Taylor) o como aquel que me autografió una febril agenda de quinceañera saludando y agradeciendo a la vida por ver un rostro tan bello (vamos en la adolescencia a uno le toman una foto y uno puede competir con Picasso ¡qué belleza ni qué cuartos!). ¿Y ustedes creen que yo les creo semejantes burradas? Pues no, pero alegran el espíritu, esa es su misión.

En este recuento de amores ridículos están también los tipos que pierden con el tiempo el atractivo porque les faltan huevos: eso me matan, no de buenas a primeras, si no de a poco. Y que no paran de quejarse de lo mal que la están pasando. Mijito, agarrá esos cojones o lo que te queda de ellos, mandá a la mierda lo que no sirva y pare de sufrir. Y tome más vino, para que se duerma más rápidamente y deje de hablar.

También aburren lo que andan con claves místicas, se la juegan de muy eruditos (bien por ellos que han tenido exceso de tiempo para leer y recordar) o aquellos que no te tienen confianza. Vamos, se vale mentir, a la par está la cocina y hay muchos cuchillos y ponete a hacer la comida que ya me dio hambre.

Tampoco motivan aquellos que se cambian de ropa al frente tuyo para ponerse una exactamente igual con dos grados menos en la escala cromática. Sí, eso se llama pectorales ¿y? O aquellos que no galantean, entonces, en un tono seco te dice, ven, vamos a la ducha, dan media vuelta y vos te quedás igual de campante en una mecedora con el control del televisor para subirle el volumen porque no puedes oír bien por el agua del baño.

También aburren los excesivamente jóvenes: esto no tiene nada que con los papeles del registro civil, no. Tiene que ver con que su estilo de vida parece el de alguien que perfectamente podría ser tu hijo o tu sobrino de vacaciones por Ibiza y uno dice, chico tienes que cuidarte. Es la cochina envidia la que mata a estos amores.

También matan los aburridos, los que tienen sueño, los que siempre tienen hambre, los artistoides, los que besan con los ojos abiertos para mirar a la chica por la acera mientras toquetean a su novia cuarentona en el bus. Cansan los que extrañan a la ex, los que no huelen bien, los que se depilan las cejas, los que van a la cama con las medias puestas, los que no les sientan bien las barbas, los religiosos, los demasiado pulcros y que tiene más cremas para la cara de las que yo en la historia de mi vida haya tendo. Cansan los que no tienen sentido del humor, los que te enervan con sus mates de obesivos compulsivos. Los que odia los gatos, los que no saben cocinar (eso es importante) los que necesitan exceso de atención, los que no entienden que yo necesito y disfruto de la soledad. Los que se cree la última coca cola del desierto cuando yo tengo el refri lleno. Sí, he salido con tipos así. Todas nosotras hemos estado con tipos así.

En mi recuento de amores ridículos están aquellos que mueren en el supermercado o frente de Vishnú. Sí, porque recuerdo una cuasi declaración de quiero salir contigo y todo lo demás con una persona que tenía tanto en común conmigo como un buen champán francés y una fanta colita: ambos se toman: ambos somos seres humanos. A pesar de que estoy segura de que es una buena persona, no podrá pasar nada, porque yo sueño con pedazos de vaca a la parrilla y su jugos, me encanta seguir comprando ropa y libros, no tengo paciencia ni vocación para meditar y no me veo en una cueva buscando la luz de Buda.

En mi recuento de las notas para el libro de amores ridículos, solo puedo brindar a su salud  por darme razones para pasar una mañana muy entretenida, escribiendo y recordando esos viejos tiempos.

 

P.D. Si ven un chico con zapatos negros rotos, medias azules rotas y una barba espesa oscura, no lo inviten a comer: es roba las copas.

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