El rompecabezas

“Cuando estés vacío, de verdad vacío, ponte a mirar”
-J. Sabines

Imaginen un rompecabezas de piezas pequeñas y oscuras, vistas desde abajo.

No importa qué imagen, fotografía de perritos, castillo encantado, flores en primavera o mapa antiguo forme en su superficie, igual no podríamos verlo a una distancia adecuada para comprender qué imagen estaríamos descifrando, como un mapa del cartógrafo de Borges. No insista, los cuadros de los puntillistas se ven a cierta distancia para poder apreciar el movimiento de la luz.

Imagínenlo completamente encajado, cada pieza con la siguiente, con la siguiente, con la siguiente con una fuerza de tensión lo suficiente para que al sostenerlo de las orillas, con ambas manos, no se resquebraje la unidad oscura en el medio.

Ahora, déjelo caer.

Sostenga la respiración.

Vea ese remolino de polvo furioso por ser despertado en contra luz de esa ventana blanca al fondo. Vea como la habitación tan oscura y tan solitaria se llena. Vea cómo ese rompecabezas cae tan duramente como una sentencia sobre un inocente. Escuche ese palpitar del corazón en estado de pánico y abandono. Recuerden que todo esto lo miran casi desde abajo, ahora, a una altura perfecta para ver esas partículas de tierra, de zanahorias, de cabello, de pelo, de sed levantándose y girando en sí mismas.

Así se siente la vida un 8 de enero cuando te das cuenta de que ya es 9 de enero,
cuando te das cuenta que de repente todas las piezas del rompecabezas encajan.

Es 9 de enero. Abrimos los pasaportes, me das mi desayuno que con tanto amor me has hecho mientras yo le robaba minutos a la almohada ¿te he dicho gracias? Las alfombras de los aeropuertos dan ganas de vomitar. El amanecer no es hermoso, es árido. Lloramos como niños al inicio del invierno, sin saber siquiera si el sol volverá. Un pájaro canta a lo lejos en esta noche de 8 de enero.  Vos vas hacia una dirección y yo en otra. Aún así, evito mirar los ojos del oficial de seguridad que mira mi pasaporte: no quiero, me estorba esa otredad. Paso por el escáner con las piernas y los brazos extendidos como una criminal, lo hago mal y la oficial me grita en un idioma que ni siquiera me resulta humano: solo puedo escucharme a mí misma, lo demás es silencio. Del otro lado, de ese no-lugar sin nacionalidad, rompo la promesa y miro atrás. No me convierto en una estatua de sal con la cara desfigurada: estás ahí. Y yo estoy aquí. Sabes lo cobarde que soy para llorar en público, ¿qué sabe la gente de mí? Estoy acostada sobre mi espalda, las manos inmóviles; ni siquiera mi vientre se mueve; la noche del 8 de enero es demoledora. En silencio y en calma, por mi mejilla izquierda cae una lágrima. Así me despido de tí, amado mío. Amado, porque te he amado con una forma de amor que ni siquiera sabía que existía, que no sé si tenga tiquete de repetición y no me importa. No quiero amar a los hombres y a sus defectos, no quiero amar su humanidad, no quiero amar sus promesas, porque ya te he amado a tí y he sentido ese amor en el último abrazo, en todos los abrazos y no he de morir en una cruz para redimir su capacidad de amar. Nos hemos mirado en esta noche sin estrellas, con las palmas abiertas y los ojos cerrados, nos hemos entregado los corazones sangrantes en una bandeja de plata, nos hemos dado la mano una vez más. Hemos aceptado nuestra derrota y es hora de partir.

Gracias por llamarme y regalarme este rompecabezas.

Es 9 de enero. No cruzo el continente. Camino las calles de esta ciudad que me ama, despacio, muy despacio. Ella sabe que sufro. Evadiendo la mirada de los hombres, las manos de los niños, los bolsos de las mujeres, el caminar errático del indigente. Camino despacio, me pierdo en ese espacio cotidiano. Suenan las campanas de la iglesia, pero no replican por mí. El tráfico, los buses, los pitos, las aceras angostas, las aceras anchas, una es repetición de la anterior y todos los caminos llevan a Roma porque todos se parecen. Me encuentro a mí misma mirando estatuas de duendes, candelas aromatizadas a playa y a begoña, cascanueces en tres tamaños diferentes: todo resulta insípido, inútil y estéril.

Estoy como un niño huérfano, cuando se sabe huérfano por primera vez (y está con la cara empolvada) con una lágrima en la mejilla izquierda.

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