Mudanza

Veo esa palabra y no sé, siquiera, cómo es que soy capaz de teclearla en esta computadora. (Porque ya me descargué la aplicación para Android de WordPress, a ver qué tal, pero ya de eso les contaré luego.)

La cantidad de mudanzas que he hecho en mi vida, equivalen, hasta la fecha, a una mudanza cada 2,72 años. Para las primeras no colaboraba: estorbaba; porque eso es lo que hacen los niños pequeños. A las siguientes, se me veía la cara de ilusión: empacaba mi cuarto, los libros, los discos, la cocina, el comedor. A las últimas dos… Casi que mi madre me ha tenido que empujar a recoger mis cosas la noche antes. (Filosofía que tengo de viaje: las maletas se hacen en el último momento porque eso es perder el tiempo.)

En esas mudanzas hogareñas, como no daba tiempo, vaciaba las gavetas en bolsas de basura enormes. Eso es algo práctico: el 70% del contenido de esas gavetas, de una u otra forma, hubiera terminado en la basura, entonces, siguiendo este razonamiento me estoy ahorrando trabajo.

Ahora bien, el principal problema de toda mudanza es que conforme uno empaque y guarde las cosas se multiplican como los conejitos de Fibonacci. El segundo problema es que las bolsas de basura tipo jardinera no alcanzan. Luego, la bolsa de basura se engorda y de repente ya no es una, son muchas y uno se pregunta ¿Todo esto que tenía era basura? ¿Será que cosas que me estoy llevando también son basura? O, en el peor de los casos, ¿Dónde está ese papel? Será que… Ese es el punto de no retorno y mejor no hacerse bolas.

El tercer gran problema es un asunto de diseño, tamaño, formato y concepto: todas las cosas tienen una naturaleza material dispareja y eso hace que el proceso de empacar sea aún más complejo. Porque te van quedando huecos que no podés dejar vacíos por dos razones prácticas: ahí podría caber algo más y segundo porque si las cosas quedan muy flojas se golpean.

¡Medio reino para que empacar fuera algo así como un mal innecesario!

Justo ahora estoy en proceso de empacar. Me voy a trabajar a otro lugar (no puedo decir que es otra ciudad, porque no voy a una ciudad, de hecho es un lugar turístico, montañoso, frío, húmedo y lluvioso, aunque no en esta época del año, a muchas horas de mi amada San José, pero el lugar es precioso, no me mal entiendan, ya verán que fotos les subiré) y pues estoy en proceso de mudanza: de moverme yo con mi cosas. Ahora bien, ¿cuáles cosas? Simple: ropa, libros de salvación espiritual (historia, Kundera, Chomsky, Saramago, Huxley, Satrapi…); libros de trabajo (la mayoría); implementos de trabajo, materiales de trabajo hechos, libros y documentos de la tesis, cinco pares de zapatos (tenis de correr, para dar clases, ¿azules? casuales, chancletas y botas de hule), artículos de limpieza personal, ornamentos personales y unos tres para la mesa y… ¿No es mucho?

¡Es demasiado! Y no lo estoy llevando bien. Quizá porque he durado demasiado en esto y yo soy más del bien del “al mal paso/trago darle prisa” y pues, aunque ya se puede caminar por el piso de lo que dejará de ser mi habitación, honestamente me falta más de la mitad por empacar, aunque ya está seleccionado y escogido. O eso creo yo. No he pedido ayuda a nadie, porque la verdad, en estas cosas la gente que ayuda hacen bulto: porque ellas no saben o no entienden tu orden maestro para perder las cosas y las terminan pierdo irremediablemente y porque empacar hasta cierto punto es algo que me deja emocionalmente vulnerable: no es lo mismo poner ropa para una semana en la playa que decidir qué cosas vitales te llevas para vivir en otro lugar.

Esta mudanza es como ponerle broche final a un ciclo, largo. Un proceso mío y por eso, no he llamado a nadie. He encontrado cosas que no recordaba que existían y otras cosas me recuerdan a una Ana que tampoco recordaba que había existido. Ese proceso de encontrarse con los muchos unos que han muerto ha dificultado el proceso de empacar, porque sabés que hay más y desde el fondo de lo que sea que tenga entre pecho y espalda, no querés verlo. En todo caso, es tomar una decisión de tres: a la basura, a la caja plástica o a la maleta si hay espacio. ¿No hay más espacio? Pues, repitamos el ciclo: a la basura, a la caja plástica…

Los dejo, voy a terminar de empacar las cosas porque solo me queda un día y medio, sin sus noches.

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