¿Cuántas estrellas cabe en una noche?

Es domingo por la mañana.

Me acaba de llegar el olor de la comida del almuerzo y eso me recuerda que los años de rinitis se han llevado un poco de mis capacidades para poder oler bien.

Hasta hace una hora no paraba de tener frío y sí que me hubiera gustado tener un par de pantuflas calientitas.
También me gustaría que mi tobillo no me molestara y me gustaría no tener dolor de estómago (lo tengo desde ayer en la madrugada). ¿Demasiada nutella? Lo que sea que haya sido no habrá demasiado té de manzanilla para mí durante este día.

El caso es que se me había olvidado mencionarles la cantidad tan obscena de estrellas que hay acá cuando no hay luna. Tampoco sé si se les he mencionado la de atardeceres que tenemos acá. Tampoco lo he dicho en voz alta y no planeo hacerlo, así que léanlo bien porque no hay repetición: los atardeceres en una mecedora y mi pequeña humanidad bajo un cielo estrellado en medio de la nada me llenan de nostalgia. De mucha nostalgia, como sumergirse en una piscina de leche cremada.

 

“Soy una cicatriz que ya no existe,
un beso ya lavado por el tiempo,
un amor y otro amor que ya enterraste.”

-Jaime Sabines

 

Y para paliar la intolerancia de la lactosa que me pueda generar estar nadando en leche, a lo Cleopatra:

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