Sos el espejo

De algo que ya no existe.

A esa conclusión he llegado. Bueno, llegamos. Estábamos en algo que encajaría en ese cliché femenino de conversación de chicas entre una de mis amigas amadas (y a la que hace rato no veo, cómo cuesta cuando nos hacemos grandes o estamos en proceso de serlo) y yo. Por chat, como lo demandan los tiempo modernos.

Que estoy pintando las paredes del cuarto. Que pasó esto y aquello, que aquellos se separan y estos se nos casan, que qué bonitas luces, que qué amable ese muchacho por ayudar, que si viste esa foto… Y así llegamos al tema escabroso de los “ex”. No nos hemos visto las caras en tres dimensiones desde hace un par de meses quizás más. No sé cómo sonará mi voz por el chat y no tengo la más remota idea de qué habrá pensado ella de cómo me sentía. No lo sé.

El caso es este, es un hecho innegable: lo natural a la vida es el cambio. Y mi duda, Markus no me deja mentir, es que no sé cómo habré cambiado desde que me fui y desde que regresé, él me contestó: “Bueno, si son buenos amigos tuyos, lo notarán”.  No sé cómo habré cambiado después de que escalé montañas, crucé ríos y vi serpientes. No sé cuánto habré cambiado desde que sobreviví una semana en Osa en ese calor húmedo que me deshidrataba, en ese río en el que me acostaba y veía los pájaros volar. Después de haber comido el pollo más delicioso de mi existencia. No sé cuánto habré cambiado desde que me interné en una comunidad indígena y ellos me mostraron otra cara de mi país: incluso hasta más hermosa. No sé cuánto habré cambiado después de tantos amaneceres, tantos atardeceres en la terraza, después de tanta lluvia caída, después de ver ese cielo estrellado y Orión con su cinturón y su perro. No sé cuánto habré cambiado desde que una ciudad me robó el corazón y yo se lo volví a dar gustosa. No sé cuánto habré cambiado desde que le abrí el corazón y fui rechazada porque te quiero como amiga. No sé cuánto habré cambiado desde que vencí ese miedo que me dejó las piernas como gelatina y esa sensación de adrenalina en la espalda después del ziplining. No sé cuánto habré cambiado luego de pasar dos días haciendo rafting, de haber comido bien y mal, después de haber ido de fiesta como pocas veces, luego de perseguir monos, identificar pájaros y cuestionarme la vida, el paladar y la espalda.

No sé cómo cuánto ni cómo habré cambiado luego de haber empujado mis propios límites, desde que dejé mi zona de confort, mi cama, mis sábanas, mis libros, mi comida, mis paisajes, mis amigos, mis presas, mis edificios y mis aceras y empecé esta nueva versión de mí;  a tientas y con una linterna en la mano.

No lo sé, pero espero que sí haya operado un cambio porque yo me siento diferente. Vos como parte de una realidad que es pasada, una realidad que difícilmente encaja en este presente, vos que fuiste esa realidad teñida de sepia tampoco podrías encajar. Al igual que yo, y ese sería mi más sincero deseo, has cambiado también. Y lo que sea que hayamos amado, lo que sea que nos haya unido, lo que sea que haya nacido entre nosotros ha muerto de la misma forma que nosotros hemos muerto y hemos dado a luz  a un yo que todavía nos cuesta reconocerlo cuando nos llama por teléfono.

Sos un espejo que no podrá reflejarme porque esa imagen de mí no existe en este presente que se mueve hacia adelante, hacia atrás o en círculos, sin importar hacia dónde se mueve pero que nos muta un poco. Reconoceremos las facciones y algunos gestos, pero la mirada y el camino que haya sido recorrido para llegar a ese reencuentro luego de miles de muertes y miles de soles sobre nuestra frente nos darán la confirmación de que tomamos la mejor decisión. De que cada quién merecía vivir su vida como mejor podía y que nuestro tiempo de vivirla juntos había muerto también, como nosotros moríamos en ese círculo vicioso y cansado.

Como  hubiéramos muerto nosotros, irremediablemente, sin descanso, en el abandono total, sosteniéndonos las manos de haber insistido en sostener ese puente ruinoso entre dos desconocidos.

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