El cine es un asunto de soledad

– ¡Ay, no! ¡Qué vergüenza!

-Vergüenza da robar y que se enteren.

 

Eso me hubiera encantado contestarle  a la chica que jamás irá sola al cine. A la chica que por su incompetencia para lidiar con su propio yo sin el mundanal ruido se priva de lo que para mí es una suerte de belleza.

Me gusta ir al cine, pero adoro ir al cine sola.

No tengo que compartir mis dulces, ni decidir si las palomitas son dulces o saladas (¿Quién carajos inventó eso de “palomitas de maíz dulces”, por el amor?), no tengo que hacer comentarios de la peli, ni esperar a nadie que necesite ir al baño. No tengo que estar pendiente de esa otredad y compartir el descansa brazos, o el movimiento pélvico-espaldarín que indica que “ya nos vamos”.

Sí, mis cines favoritos sirven cerveza, café, galletas de mantequilla, hamburguesas y helados, básicamente lo que te quepa en el bolso para que luego te lo podás servir. Incluso, media botella de vino tinto en la cantimplora: los chistes suenan aún mejor.

Pero lo que más me gusta de ir sola al cine es que la belleza de la película me dura un poco más: no tengo que comentar la película: que si te gustó, que si no, que si este actor, que si el final, que si la fotografía, que si viste eso u oíste aquello. Lo que opine o no, lo que me haya hecho sentir en esas horas de oscuridad a solas es mío y de nadie más; no hay un signo de interrogación a mi lado, no hay una coma que necesite ser completada. Es salir de esa oscuridad con ese extra de energía, enajenado de esa cotidianidad tan dentro de las fibras epiteliales. No hay nada que me interrumpa de ese mundo. Es algo así como terminar de leer un libro con una historia entrañable, personajes que casi son tus mejores amigos y al que te gustaría tan solo agregarle unos cuantos puntos suspensivos más. Y abrazar ese libro como si no hubiera mañana y volverlo a abrir, releer algunas partes, marcar esas líneas donde te lees a tí mismo con una sinceridad abrumadora, como si nunca hubieras llegado al final, como si no supieras que este personaje, carne de tu carne, ha de morir 20 párrafos después. Así en esa soledad, que no está sola: es basta y está tan llena y rebosante como la luna llena, me adueño de esa belleza que es solo mía y me dura hasta que me alcance el sueño o vuelva al cine, sola y que me inunde de otro tipo de belleza por una vez más.

 

 

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Un pensamiento en “El cine es un asunto de soledad

  1. […] porque ahí no hay nada que te interrumpa, salgo el compañero de al lado que ojalá y entienda que el cine es un asunto de soledad aparente, y de silencio. Sobre todo silencio. Algo que parece un lujo escondido detrás de las […]

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