Te extraño, Europa

Entonces, para mí el mundo perfecto tendría la forma de acordeón. Lo podría plegar tanto como quisiera y podría llegar a ese concierto en Praga cuyo póster patrocinador lo vi mientras me despedía de esa ciudad en un bus cualquiera lleno de gente cualquiera que iba a trabajar a un lugar cualquiera.

Podría ir a esa exposición de fotografías en Berlín, al museo de Mucha y a la exposición de Dalí. Podría caminar largo y tendido por el Danubio, por el Moldava, por el Rin tomando medio litro de cerveza en el parque, huyendo de los patos, tomándole fotos a los candados. Si lo desplegara un poco más podría volver a ese café bohemio de chocolate espeso, jardín pequeño y nubes de nicotina. Podría plegarlo más y llegar a la fiesta de cumpleaños de mi amiga en Italia, comer las fresas que no comí en las montañas de Suiza y a visitar a mis amigos en Argentina que de una u otra manera me rescataron, en el muro de Berlín y sus graffitis, en un apartamento perdido en Praga 9. Si se pudiera plegar este mundo, volvería a esconderme con vos en el tercer piso de ese edificio por dos o tres noches o las que hagan falta: afuera las estrellas y esa bandera roja, verde y blanca. Volvería solo para escuchar mis pasos en esas calles adoquinadas, para volver a comer esos melocotones, para volver a ver esas fotos a la orilla de las ventanas.

Si este mundo fuera perfecto, podría tomarme otra cerveza con mi amigo en Hungría en un bar cualquiera, volveríamos a hablar de la vida como lo hacíamos antes, correría por el pasillo de ese edificio porque mis ganas de orinar están a punto de dejar el rastro de su voluntad. Volvería a despedirme de vos, volvería a llorar a lágrima viva porque no soporto despedirme. Volvería a despedirme de vos en esa entrada de metro. Volvería a despedirme de vos caminando por ese pueblo, vos con tu maleta y yo con no sé qué decirte, volvería a despedirme de vos en ese bus por segunda vez, volvería a despedirme de vos y volvería a encontrarte. Volvería a ese bar de amigos praguenses, a ese restaurante con un mesero sonriente en su pobre inglés y mi nulo checho. Dame sonrisas porque yo no sé cómo ligar, prometí volver, pero he roto mi promesa de la manera más vil: la verdad no tenía ganas de ir a tu apartamento.

Si pudiera, plegaría este mundo perfecto y lo detendría así en mis manos, para que este tren no nos separara, en este, el abrazo más honesto, más cálido, más inesperado y más desesperado, en un andén cualquiera, en un tren cualquiera, para recorrer medio país en unas horas. Si este mundo fuera perfecto nunca tendría que gastar esas monedas que me has enseñado a leer. Si este mundo no pudiera plegarse más, me quedaría aquí, contigo, en Londres, en Egipto, en Berlín. Si mi último día en esta ciudad era contigo, bien valió la pena llorar como alma en pena en la primera parada de bus que encontré, bien valió la pena la soledad, la tristeza y el desamparo.

Si este mundo fuera perfecto, podría desplegarlo y volver a esa tienda de miniaturas que me llena de ilusión en Frankfurt, volver al mercado de esa ciudad y hablar con la chica que me regaló una trufa belga, su amistad y parte de su vida. Si pudiera plegarlo, volvería a la callecita de tiendas en Heildeberg, volvería a la torre más alta de Frankfurt para que me volvieras a enseñar tu ciudad y me recomendaras tu helado favorito con reducción de balsámico y remolacha. Me tomaría un café y hablaría con los ojos a la gente, porque no podría comunicarme con ellos y ellos verían que soy feliz, ahí, sola, en medio de la nada, en medio de todo, en ese mundo plegado, a la par de esa pared azul llena de tubos de colores. Volvería a tomar una siesta en el parque de Heildeberg, vería a ese niño correr persiguiendo palomas en Frankfurt como yo perseguía cangrejos a su edad en alguna playa del Pacífico, compartiría una banca con su madre y ella me hablaría para yo solo responderle con una sonrisa. Escribiría postales a mis amigos, en un café a la orilla de la acera. Volvería a enamorarme de ese pequeño reloj astronómico y me despediría con una sonrisa del guía que se ha dormido otra vez justo después de explicarme entre inglés y alemán cómo funcionan los años en ese reloj. Si se me diera la oportunidad, lo plegaría más, volvería a esa vidriera llena de máquinas de coser, y le compraría un helado a la nieta de ese abuelo que me explicó cómo llegar a la puerta de Bradenburgo.  Pensaría en que ojalá vos y vos y vos y vos y sí, vos también, estuvieran conmigo para compartir este pedazo de vida.

Volvería a plegarlo una vez más y me mojaría otra vez con la lluvia de Praga buscando la casa de Kafka, huyendo de los insoportables turistas que lo consumen todo, que lo manchan todo, que lo devoran todo y lo escupen a la orilla de un castillo que tienen los mismos átomos que la cámara que lo golpea con esa luz enceguecedora. Ese castillo, ese jardín que tiene los mismos átomos que tus manos. Si pudiera plegar este mundo, me cubriría de ese cielo gris y encapotado de la Torre Pretín, de Berlín. Me volvería a sentar a la orilla de la Plaza con su fuente en medio de la rotonda conmemorando las luchas de los franceses, descansaría mis pies y mi espalda adolorida. Volvería a tomarle foto a esas gotas de agua que caían, en esa otra fuente mientras vos, tan tímido no te atrevías a hablarme, pero al menos te sentaste una banca más cercana a la mía. Perdón por no tenerte tiempo.

Lo desplegaría aún más, para que la nostalgia y las ganas de volver salgan de esta habitación, para que los pájaros afuera la usen para tejer sus nidos. Para que las mariposas le pongan color, para que el colibrí la despedace con ese aletero nervioso de quien no sabe qué hacer con tanta nostalgia entre pecho y espalda. Te extraño, Europa.

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