Prepárame la cena, que llego pronto

El irse, constantemente, tiene un problema.

El problema no es que se dañe el zípper o cremallera de la maleta de tanto abrir y cerrar. El problema no es recordar dónde dejaste aquella camiseta que te quedaba tan bien, no recordar cuándo fue la última vez que viste ese libro, esa tarjeta postal que antes decoraba la pared, esos zapatos que ni recordabas que estaba ahí y que, guardaditos más bonitos.

El problema no es estar con los ojos abiertos y no saber si es real lo que se tiene enfrente o mantener un desorden permanente en el baño entre botellas chicas de viaje y los envases de tamaño regular. Papeles, tiquetes de bus, de metro, boarding passes viejos, monedas de tres continentes, una decena de ciudades, un puñado de historias, las que te quepan en el aliento; eso tampoco es problema.

El problema no es la suela gastada, las medias blancas percudidas, el dolor muscular. Tampoco los eternos piquetes de los mosquitos, el bronceado torcido en la piel que parece más un mapa lleno de monstruos en sus orillas que la promesa, editada, de las revistas.

El problema no es el cansancio de fotografiarlo todo para no olvidar nada. El problema no es que te dé igual andar o no con la cámara. Que se te acaben las baterías o el espacio en la memoria.

El problema ya no es decir adiós constantemente. Eso ya es parte de la rutina: las lágrimas son parte de la sal para aderezar la comida. No tener pañuelos para secarse las lágrimas o enjugárselas (ese verbo que desde niña me da risa, porque no lo entiendo) no es un problema: se deja de llorar. Despedirse se toma con la misma filosofía que perder un taxi, un bus: nos ha pasado a todos, nos seguirá pasando, ya vendrá otra persona y otra despedida más.

El problema no es perder amigos, ¿amigos realmente fueron? Tampoco las preguntas incómodas de algún ex que quiera confesarte al mejor estilo del medievo. Mentir nunca ha sido tan fácil como antes y que yo me acuerde, no siempre digo la verdad. ¡Ay! A ponerle sal en las heridas.

Pero ese no es el problema.

El problema es volver, querer volver a mi casa, querer volver a un hogar, querer volver y saber que ha cambiado. Darse cuenta que ya ese lugar no es tu hogar.

El problema es volver y realmente decepcionarse. Ese, el lugar que era tu ciudad, tu refugio, tu punto de referencia ha cambiado, o más bien, uno ha mutado y desencaja en el paisaje. Por primera se torna tan distante como el lugar anterior del que estabas huyendo, o del que estabas yendo con el corazón en la boca. Por primera vez, San José, me parecías tan distante  como todos esos lugares que he pisado por primera vez durante este año.

Prepárame la cena, mamá, que llego pronto y solo me apetece quedarme en la cama, en esa cama donde había dormido durante más de una década. Y digo “había dormido” porque la próxima vez que llegue tendré otra cama, incapaz de reconocer mi espalda de la misma manera que no sé si sabré reconocer sus colores.

Prepárame la cena, mamá, que llego pronto.

 

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