Cruzar el charco, por primera vez

Primera parte

 

Hoy es noche de insomnio, como tantas otras. Parece que se me está haciendo costumbre, o quizá, es que mi organismo simplemente tiene un modo nocturno de funcionar. El caso es que vamos a aprovechar este ratito para actualizar este blog que tan descuidado lo tengo.

Como primicia para las siguientes entradas, creo que el hilo conductor será “las primeras veces”. En el caso de esta entrada, voy a tratar de recordar cómo fue cruzar el charco por primera vez.

Para quienes no estén familiarizados con la expresión “cruzar el charco” pues se los explico gráficamente. Básicamente es esto:

Aunque la palabra "charco" sirve para nombrar aquella porción de agua encerrada en una porción de tierra ubicable en una zona geográfica delimitada y pequeña, como lo puede ser la calle o la acera,

La palabra “charco” sirve para nombrar aquella porción de agua encerrada en una porción de tierra ubicable en una zona geográfica delimitada y pequeña, como lo puede ser la calle o la acera; evidencia el rastro de la lluvia (o el uso indiscriminado, no señalizado ni penalizado en el recibo, del agua para lavar la acera, el carro o regar las plantas. Bueno así eran las cosas cuando era niña…) La palabra “charco” señala el camino de muchas memorias agradables de cuando éramos niños y saltábamos para mojarnos los zapatos y salpicarlo todo a nuestro alrededor. Pero además, el charco, el gran charco es ese océano que nos separa y que a la vez, como si fuéramos Sísifo, intentamos una y otra vez, unirlo a nuestra existencia, sabiendo que no queda más que el retorno, del otro lado del charco.

 

-¿Vas a ir a Europa sola?

-Sí

Reacción a:  ¡Mae qué chiva! ¡Qué dichosa! ¡Qué le vaya bien!
Reacción b: ¡Mae, qué chiva! Qué valiente… Yo no podría hacer algo así.
Reacción c: ¡Qué chiva, Ana! Ojalá le vaya muy bien, pero se cuida…

Yo la verdad, cuando compré el tiquete pues no estaba segura de lo que estaba haciendo. No le conté a mucha gente y mucha otra se fue enterando con el tiempo. El día antes, tampoco tenía idea de que lo que estaba haciendo. Así que incumplí todas las recomendaciones que te recitan para tener un viaje placentero y reducir el jet lag:

1. No dormí lo suficiente la noche anterior al viaje. Vamos, hay que hacer la maleta.
2. Habíamos tomado. Estábamos celebrando el cumpleaños, a la distancia, de un amigo y colega que ya no estaba con nosotros. Pero le hicieron llegar una copia del video.
3.  Tenía cansancio acumulado de la semana anterior: el trabajo y el insomnio.
4. Entre otros detalles que no vienen al caso.

Así que, unas horas antes de levantarme de nuevo yo ya estaba lista:

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A las poquitas, poquitísimas horas, estaba en pie. Bañarse, ponerse la ropa que estaba tirada en la otra cama. Suenan las rueditas de la maleta por el piso de madera. ¿Les he dicho que soy adicta a ese sonido? A las 6:00am, Alex, uno de los taxistas que nos lleva cuesta arriba y cuesta abajo por la trocha, me estaba esperando. Empieza el viaje: ver mis montañas, los valles. Este verdor que me embriaga.

6:20am, 13 de agosto. Comprar el tiquete del bus de Santa Elena a San José. Ir al baño, sonreírle a los turistas que como yo se bajaban en el aeropuerto y somos los últimos en poner nuestro equipaje en la barriga baja del bus. El chico del asiento de adelante, del otro lado del pasillo, está bastante guapo, tiene esos requisitos físicos que a mí me encantan. Él estaba un poco obsesionado por los traseros femeninos, un poco… Demasiado. Pero es que tenía mal gusto, querido mío, ese trasero no merecía tanto detenimiento. No, los calzones grandes no mata pasiones, el mal gusto lo asesina por la espalda.

6:30am, 13 de agosto. Oficialmente comienza el viaje. No bien hemos salido de Santa Elena cuando esta mujer de caderas anchas, no tan anchas como el mundo, pero sí para hacernos recoger los hombros; tan latinoamericana ella con sus tacones, maquillaje llamativo, ropa ajustada, llantas en la zona abdominal y perfumes (entre el perfume y las cremas, calculo que llevaba al menos 6 olores distintos) detiene el bus. Un señor mayor no ha abordado el bus y para complicar las cosas, él no entiende bien la nueva ruta del bus. No lo culpo, yo tampoco.

Algún punto más tarde en la mañana. Las curvas de Guacimal… Las odio. A echar mano de la primera dosis de gravol. Y yo que quería usarlas después y pasar seguridad con 4.5 sentidos en lugar de 3 de los cinco que dicen que tenemos. Audífonos, cerrar los ojos y concentrarse en la nada. Sí, en la nada. Ese malestar no da para pensar en el existencialismo. Mi compañero de viaje no se molesta. Él lleva audífonos también. En algún punto empiezo el desayuno que había preparado la noche anterior.

10:30am, 13 de agosto. Mi maleta está a la orilla, como la gente que se queda en el aeropuerto. El chico que miraba traseros también se baja aquí. Pero él no sabe devolver sonrisas, aunque sea de complicidad por estar, ambos, en la misma circunstancia.

Tantas y muchas horas ahí. Tratar de leer, comprar un café moca que sorprendentemente no está dulce. Han usado cacao de verdad y el precio ha sido justo. Comer, ver la gente, esperar… No a que llegara la hora del vuelo, sino esperar a que el avión aterrizara. Empiezo a darme cuenta de mi soledad. Empiezo a tener conciencia de lo que implica viajar sola. Empiezo a darme cuenta que la única compañía durante este viaje serán las personas que momentáneamente me encuentro en el camino, en las mismas condiciones que yo. Empiezo a darme cuenta que la única compañía real será yo misma y la voz más amable será la mía propia, la que resuene detrás de los ojos.

Los chicos con pinta hippie, los trabajadores del aeropuerto que bajan a almorzar, las chicas que están esperando por su vuelo y gritan de emoción, se toman fotos y las suben a twitter anunciándole al mundo que el momento ha llegado, que su momento ha llegado. La familia modelo que comparten comida; tanta corrección y tanto orden me causan vértigo. Van y vienen, la gente va y viene como las olas del mar, y yo estoy ahí sentada a la orilla, en una especie de ruleta rusa, sin saber si en esta ola o en la próxima la espuma se estrellará contra los dedos del pie.

Y así, como todos se han ido, me toca partir.

Es hora de hacer filas: pagar impuestos, no chequear la maleta, revisar que lleva el peso justo. Es empezar a escuchar otra variedad de español. Es que te desordenen la maleta. Eso nunca se lo perdonaré, señorita, téngalo presente. Es hora de cambiar dinero. Que el señor te interrogue y te mire sospechosamente porque piensa que estás sacando dinero de su cuenta, no, no señor, es mi tarjeta. Es hora de ver a ese grupo de mujeres que son felices con la tarjeta de crédito del macho alfa. Allá van con sus ropas caras, tacones lejanos y cada mechón en un lugar preciso. Es hora de ver a las parejas despedirse con lágrimas en los ojos de ella… Te entiendo mujer, en otra vida estuve en tu lugar. Es hora de tratar de seguir con los consejos: vamos por un jugo natural y evitemos las estafas:

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Empiezo a sospechar que voy a desarrollar una alergia emocional hacia los turistas. Hacia cierta clase de turistas.

Es hora de bajar, es hora de finalmente cruzar seguridad. Es hora de ir a esa esquina del aeropuerto y esa valla tan espantosa que tienen cubriendo el ventanal.  Una buena metáfora de la realidad, para no ver los caseríos con techos de latas de colores desiguales vamos a poner un pancarta con fotos de gente feliz, consumiendo felicidad y generando esa distancia entre los que no lograremos tener un espacio en ese cielo de cinco estrellas.

Otro chico guapo, español, en este caso. Muy concentrado en su celular. ¡Ay estas generaciones! El señor de policía turística que me pregunta si soy extranjera para hacerme un cuestionario… No, soy tica. La llamada de una amiga me devuelve a la realidad terrestre y me doy cuenta que estoy ansiosa, que no sé que va a pasar, que me siento atraída por ese precipicio de lo desconocido.

4:30pm, 13 de agosto. Es hora de cruzar el charco y apagar todos los dispositivos electrónicos.

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