Agosto pinta…

8 de enero. Calor. Trasnochar me pasa la factura y eso pasa: las cosas acumuladas tienen la propiedad de multiplicarse. Jugamos al gato y al ratón por un rato en la mañana: era nuestro último día para vernos y no lo hacemos porque has decidido irte a encontrarme en otro lugar al que yo no sé llegar. Agosto pinta a confusión, a laberinto en la capilla barroca. Caminar y llegar a la conclusión de que la humedad del ambiente no solo me deja respirar bien, me humedece la blusa, me pesan las piernas y con el libro de los placeres dormidos me pongo en la misión de contactar a la gente a la que podría decirle hasta pronto, nos vemos a la vuelta en unos meses. Llamadas telefónicas, mensajes o correos electrónicos. El calendario se llena y el sueño me guiña el ojo para dejarme vestida y alborotada porque no logro ni siquiera hacer una siesta. Hacer amigos con 10 pares de patas al mismo tiempo. Darme cuenta que no tengo la personalidad para comprar cremas caras: ni el bolsillo, ni la curiosidad, ni el espacio. Tomamos café y me doy cuenta de lo mucho que me aburro contigo, el silencio es el don más preciado que nos dieron los dioses: la libertad no tenía mucho que ver con esto.

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