Julio pinta…

7 de julio, como decir otro día cualquiera. Ya me está aburriendo esto de las pintas, para ser honesta. Hace un sol radiante, de nuevo la idea de que este día representa el séptimo mes me agarra por sorpresa, como tan sorpresa me agarra la mañana y me doy cuenta de que no llegaré a tiempo al correo. Que espere un día más, como tantos queden por vivir en ese cubículo de metal verde oscuro que tanto como alegrías como penas ha traído de varias fronteras. Darme cuenta que el restaurante al que no me hace ilusión está cerrado y revisar los libros que por más verde que te quiero verde y más biografías de Bowie no dejaré ningún rastro de transacción económica. Esperar y quién sabe qué cara pongo, la gente no me sonríe. Comer, hablar, encontrarse y soñar con la esperanza de que los castigos y las faenas cansinas se acaben un día: a Hércules le pusieron siete trabajos y el problema de nosotros es que ni somos semidioses ni sabemos cuántas tareas nos han puesto. Que la vida se digne finalmente a guiñarnos, nos suba la falda o se aleje bailando rumba. Yo voto por todas las anteriores. Suiza te espera, Francia se consolida y yo, yo solo quiero mi carta de divorcio con mi maestría. Julio promete generar ansiedad y cansancio. Caminar, eso siempre hace bien: sosiega. Darse cuenta que la vida en materia de economía no vale nada: no alcanzará nunca, nunca alcanzará ni la vida ni el dinero en la billetera para lo que añoremos. Nueve años de educación universitaria para darme cuenta que tengo habilidad para pintarte las uñas de azul clarito. Mensajes, esperar, los silencios incómodos. Julio pinta a invitaciones decorosas e inesperadas y a pulseras de perlas de río. Julio pinta que nos dejarán los buses y la ansiedad de no encontrar el regalo: todo tiene poliéster en esta ciudad. Julio pinta a romper las reglas, a huir de habitaciones de ese color verde que tanta alergia epidérmica me genera, a escuchar a los Cafres en una azotea sin pedir ni permiso ni perdón, a que veré de nuevo el tablero de ajedrez de los alrededores del Teatro Nacional desde un cuarto piso, una noche cualquiera y yo hablando, hablando. Julio huele a una colonia de Armani y a la primera lluviecilla del año.

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