Septiembre pinta…

9 de enero. Pinta setiembre y está nublado: las lluvias deberían estar en su apogeo, pero si por la víspera se saca el día y por la pinta el año, esta será una temporada seca, más seca que la del 2013. Setiembre, mes de muchos cumpleaños (en dos meses es el mío) y de asumir que nos queda una edad y hacer de tripas, corazón; es hora de un último intento y de amarrar al pulgar la lista de sueños, de esos sueños que eran fresquitos una década atrás, o al inicio de lo que todavía era un brillante 2014. Septiembre no solo se debate entre el enmohecimiento del brillo pupilar de hace unos meses atrás, se debate entre el ir y el no ir. Entre saludar al que está ahí y pasar olímpicamente de ese pedazo de humanidad tan desconocida y tan cabrona. Cine y no tenerle nada bueno que decir. Cine y encariñarse, no con la voz, pero sí con esas imágenes. Rogarle a algún dios de que jamás te toque una vida de esas. Caminar, por última vez, por ese parque y llegar al centro. Mover los pies ayuda en esto de bajar los humores negros, un chocolate caliente te quita el frío de la humedad y de la soledad: a veces me da por recordar viejos tiempos. En la barra, mientras la gente se compra la suerte y se vende el trabajo, Sammy me sonríe y me quiere hablar. Septiembre en esa dupleta eterna, un dios Jano que no sabe hacia qué lado mirar porque le hace falta vidriera para evadir la otredad de la izquierda; se debate entre responderle o no, fingir incapacidad para hablar inglés o contestarle cortésmente que no tengo la contraseña del internet y que el internet que uso es el mío propio. Yo no tengo más que 60 minutos antes de la siguiente estación y no me apetece leer. Sus orígenes árabes, su restaurante en venta, su pronta y extraña carrera de cantante en Las Vegas. Toronto y el nieto, Toronto y California y su exmujer, y sus hijas cuyos nombres empiezan con “s”. Toronto y la casa de sus padres, Toronto y McDonalds, Toronto y la enfermedad de su hija, Toronto y el visado: entendé que no te iré a visitar. Toronto y no me quejo soy un hombre afortunado: entre el clima, su renovada segunda oportunidad y sus cigarrillos en el bolsillo izquierdo. Gracias por pagar el chocolate caliente.

A finales de setiembre se pronostica un aumento en los vientos que bajarán la temperatura y resolverá la cuestión del ir o del no ir. Las suertes están echadas y será cuestión de izar la bandera. A los minutos, me bajo del taburete y espero a María, a la par de la otra María que camina y camina por San José en busca de lo que yo ni siquiera sabía que podía ser buscado. Esta la otra María, fuma un cigarrillo y tiene el cabello mojado. La cena, el mismo arroz de siempre, caminar y al frente de un mapa con el mundo al revés, nos contamos historias, me tomo mis tres porciones de fruta con cachaça. Los ojos del frente siempre serán un signo de interrogación y así terminará setiembre: con una lluviecilla tímida que no será capaz de lavar la curiosidad que sembrás en mí y la pereza de tratar de entender en qué pensás: estoy segura que absolutamente nada. Arriba: Orión con su cinturón de tres estrellas, abajo: una sensación de desamparo metida en la cobijas.

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