Facebook: de la diversión al odio

En aquellos tiempos, de piso de cerámica porosa, espacios pequeños, paredes gruesas y luz artificial, abrí mi cuenta de facebook. El fin era uno: manterse en contacto con la gente que irremediablemente se iba a vivir afuera. Desde entonces, con ese propósito he ido agregando gente, bloqueando otra tanta, eliminando o simplemente no contestando algunas solicitudes de amistad; así como también he estado del otro lado: verme eliminada, bloqueada o rechaza con toda la carga emocional que eso implica, hacia cualquier lado de la barrera, para bien o para mal.

En ese momento, por allá de la década pasada, todo parecía seguro y, más que todo, acogedor. La idea me resultaba novedosa y muy práctica: ya no precisaba escribir aquellos correos largos o esperar a que la otra persona se conectara por algún otro medio (como un chat) para sentirnos conectados y parte de una misma red humana.

Sin embargo, mucho ha llovido, mucha otra agua ha pasado por debajo del puente, mucha más está por venir y yo sé que llover sobre mojado está de más, pero facebook simplemente ya no es lo que era antes y para mí tiene sus días contados. De aquellos ingenuos momento de intimidad compartidos, pensaba yo, únicamente por quienes consideraba mis amigos cercanos hasta saber que mis datos y todo lo demás podría ser, no solo usado por una compañía, sino en mi contra. Entonces, de claro pasamos a grises y la cosa empieza a ponerse negra como mi estado de ánimo cuando veo ciertos comentarios o estados ajenos.

Creo que la gota que derrama el vaso en mi caso son dos: las elecciones presidenciales de mi país y la gente que está en mi red. Lo primero eventualmente pasará, no necesariamente el día de las elecciones. Eso no quita que ya me tiene harta, cansada ver que las fotos de los perfiles de mis amigos están llenas de colores políticos: a mí me interesa verles la cara y no su manía de gritarle al mundo su decisión electoral como si con eso algo cambiara en la economía, la alimentación, la educación. Qué dicha usted que ya se decidió por un partido, por un voto, por un futuro representante para este país, pero déjese la opinión para usted, a menos que alguien le pregunte sus razones o motivos. Me tiene sumamente cansada que la gente reproduzca lo que otros quieren que creamos, repita los miedos, contagie con sus inseguridades o se base en un discurso de autoridad de quien tiene las siete llaves de la sabiduría colgando en el cinturón.

De lo segundo que me tiene harta de Facebook no estoy segura que pase. Me he cansado de mantener relaciones de amistad que solo se basan en soporte electrónico. A medias. ¿Eso es realmente la amistad? Porque de ser así, a mí me han estafado. Puede que se haya banalizado la importancia del contacto y de la comunicación, de invitar a un amigo a cenar, de comprarle un dulce en la tienda de la esquina: con tantos chats, aplicaciones y redes sociales nunca me he sentido más desconectada de todo y de todos como ahora. Creo que si yo estuviera hecha de bits y no de tanta humanidad entre pecho y espalda, la cosa no estaría tan mal.

Sumado a la desconexión y ambigüedad propios de estos tiempo hay que agregarle tener que ver cosas que uno no quiere ver. Supongo que lo más obvio sería eliminar todo lo que no quiera ver, pero terminar las malas relaciones es tan fácil como terminar la Sagrada Familia: ahí siguen dándole… Como ustedes ya saben, por mis no creencias religiosas, por mis no creencias alimentarias y por otras no creencias que no comparto con un montón de gente me resulta imposible y bien cansado lidiar con toda persona aquella que quiera: hacerme creer en dios, hacerme dejar de comer carne (ambos grupos comparten la misma estrategia: la culpa y el hecho de que obviamente estás equivocada con tus decisiones personales y por lo tanto estás mal, lo cual se arreglaría si te convirtieras con la quincuagésima foto publicada para convercer de que te unieras a esta misa/ culto/rezo/ adoración/vegetarianismo/veganismo), hacerte sentir como si yo fuera el peor ser humano solo porque he decidido tener un punto de vista diferente. Ojo, que yo no pregono que se conviertan en ateos ni que coman carne.

De aquellos albores de Facebook poco queda: sobra la publicidad, el constante cambio de formato y apariencia, el eterno dilema de cuán privado o no es mi perfil, las listas, el que completes tu perfil con toda la información que a nadie le importa…

Entonces, aquel fin de mantener el contacto ya no es tal. ¿Qué vas a hacer Facebook? ¿Cuánto más tiempo tengo que perder navegando en tu página y páginas, perdiendo medio hígado en el camino?¿Cuál otra necesidad vas a crearme?  ¿De cuál forma voy a palear esa necesidad que justo ahora me regalas?

De la diversión al odio está plagado el camino de muchas relaciones y redes sociales. Facebook no será una excepción y yo dejaré mi cuenta pronto, muy pronto.

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