Solo te pido una postal a cambio

-Pues sí, será mi primera vez fuera del país. Incluso tuve que ir a sacar el pasaporte.

Yo no me lo creía, pero parecía ser cierto. Tan cierto como el vaso de cerveza que me estaba tomando. Tan cierto como que los tres estábamos en la barra del bar. Volví a ver los ojos de su esposa esperando confirmación: ella asintió con la cabeza y yo me quedé viendo sus gafas rojas. Me miré los pies, las uñas pintadas de rojo oscuro y entonces recordé que la primera vez que viajé en avión -sola, como todas las demás veces- también me había visto los pies. Solo que esa vez llevaba tennis y medias y no ese par de zapatos húngaros.

Entonces, entre sorbito y sorbito del festival de cervezas que nos improvisamos esa noche me dio por pensar. ¿Qué me hubiera gustado saber antes de ese primer viaje? ¿Qué hubiera cambiado? Nada, ahora puedo decir que nada y que alguien se atreva a quitarme lo bailado. En todo caso, solo puedo decirte, compañero, que te vas a volver adicto.

Te vas a volver adicto a esa eterna sensación de asombro: es como ser un infante de tres años con la conciencia de tres décadas después. Es delirante: te marea, te intoxica: te deja listo para ir por más. Todo resulta novedoso, desafiante y ajeno. O no, en determinado punto puede que te llegues a dar cuenta de que efectivamente en todas partes se cocinan habas.

La ansiedad sobre la boca del estómago no va a empezar cuando estés sentado en el avión. Puede que empiece dos meses antes o justo cuando tengás el boarding pass impreso en la mano, cuando veás tu nombre impreso junto con un número de asiento, un número de vuelo, un número de horas, un número de millas por recorrer. Cuando veás tu nombre a la par de un manojo de número que esta vez sí tienen sentido y materializan eso que parece no estar pasando.

Puede que la ansiedad nunca se te quite. O incluso como en mi caso, solo la veo venir cuando finalmente paso el tarjetazo y tengo un viaje en la mira. Luego se va, la gente me pregunta que si estoy emocionada y lo único que me gustaría decir es “solo estoy cansada”, pero miento y digo que sí, que no puedo esperar. En mi caso, el cansancio y los preparativos pueden más que cualquier otra cosa; de manera que la ansiedad se repliega y como una ola, regresa de golpe, me da una generosa cachetada en la cara; un día cualquiera, en el momento menos esperando, cuando te das cuenta de que SÍ estás ahí, de que es real y de que no tenés ni la más remota idea de cómo pasó, pero de que efectivamente ha pasado.

Ser un extraño; ante lo extraño y ante la misma extrañeza de los otros. Sentirse lejos de todo y de todos: ver un mapa y buscar tu país y ver cuán larga es la línea que separa un lugar del otro: a mí me da vértigo. Sobre todo cuando ni siquiera tu país aparece en el mapa porque no había suficiente espacio. Miedo, más ansiedad; curiosidad. Embriagarse de novedad, no querer dormir porque eso es perder el tiempo: hay tanto que ver, tanto que oler, tocar y saborear. Desear no salir de casa porque no aguantás el dolor de pies. Amar ese nuevo lugar, perderse, tener esa sensación de que te estás perdiendo de algo novedoso a dos cuadras pero que irremediablemente te lo vas a perder porque no serás capaz de encontrar ese lugar. Odiar ese nuevo lugar. Querer regresar pero ya, no querer devolverse.

No importa: lo más probable es que tu teléfono no funcione. Que todos los preparativos se queden solo en eso, al final vas a terminar haciendo algo muy distinto de lo que planeaste. Me alegra mucho que te comieras el wantán con los dedos; que yo sepa en la India no te van a dar cubiertos.

Solo te sugiero que llevés un cuaderno pequeño. Tomá nota de todo: de los lugares, de los nombres de las personas, del precio de algo. El nombre de las calles, las horas. Puede que a Camilo le haga mucha ilusión ver esas notas cuando ya sea grande y que como sus padres o como yo se termine contagiando de esa necesidad de mundo, de esa imperiosa necesidad de expandirse, de que la curiosidad solo se satisface en el momento en que tenés más curiosidad. Porque esa es la única forma de mantenerse con vida.

Recordá que cuando llegués a Dublín será mi cumpleaños. Yo solo te pido una postal a cambio de los muchos consejos que no puedo dar y de las buenas vibras, porque yo tampoco tengo dios al qué rezarle para que te vaya bonito.

 

 

A Rodolfo
(en su primer viaje, que no el último)

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s