Desde un piso 62 cualquiera

Piso 62, es de noche, pero no duerme.

Panamá simplemente no duerme. No importa que sean casi las tres de la mañana: ni yo me he terminado mi martini, ni las luces se han apagado, ni los carros dejan circular por las calles que desde acá, separada por varios metros y un plástico fuerte y grueso, a manera de pared transparente, puedo ver e incluso contar.

Estoy sola en la mesa, sola, si se quiere: ellas se fueron a bailar salsa y este barcelonés no me hacen gran compañía: está nervioso y la estrategia de invitarme a otro trago le ha fallado: yo no quiero beber más, pero sí quiero conversar. Él no sabe bailar muy bien y quiere que lo guíe, a mí me gana la pereza. Y la incertidumbre. Si bien es cierto, la sensación de alienación acá es menor (en Europa me partía en dos, en tres, en veinte y en los días malos me sentaba en una banca, con el consuelo tonto de tener un litro de agua en un verano tardío que ya olía a otoño, un mapa que prometía romperse la próxima vez que lo sacara de mi bolsa y la soledad absurda de no recordar cuándo había hablado mi lengua materna por última vez). Pero el hecho de que esa sensación de no estar, de no pertenecer y de ínfima humildad y estrecha estatura es menor; no hace que desaparezca. Los acentos que escucho y lo extraño que me resulta estos rascacielos cortados abruptamente para darle paso al mar me recuerdan a mí en una fotografía que tengo de Los Ángeles, con mi amiga ecuatoriana, en una época, que cuando me da por llorar antes de dormir, me hace compañía.

Todo esto, en un piso 62 cualquiera. Me embriago de plástico barato, luces de neón, alfombras, concreto, cuadros. Una pareja que se agarra las nalgas, se muerden los labios y no paran de mirarse y a duras penas toleran los segundos antes de que se abran las puertas, como si fueran las puertas del mismísimo cielo o las del infierno. Pero hasta el infierno puede ser hermoso, o eso escribió Rimbaud o la dedicatoria en su libro de su temporada en esas tierras calientes.  “Love in a elevator” leo en la parte de arriba y yo me pregunto que de qué clase de amor estaremos hablando, entre el cansancio y la ginebra sospecho que eso del amor está vedado para mí. Como si algún dios se riera de mí, al saber que anhelo ser abrazada en condiciones de ternura y honestidad pero que sé con plena conciencia que me he gastado todos los tiquetes y que estoy cansada de esos amores baratos. Casandra, a vos Apolo y a mí ¿quién me maldijo? Cuando toco tierra firme (siempre pienso que el próximo terremoto me encontrará en un edificio o peor aún, en un ascensor) el problema es encontrar la salida. Mi estado de embriaguez es exaltado por las luces de los edificio, ahora desde abajo mientras recorro la Avenida Balboa en sentido contrario, la brisa marina me despeina.

Siempre en movimiento, siempre en ruta, siempre con ganas de explorar más. Es la condena de no saber y no querer detenerse.

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