Desde un piso 62 cualquiera

Piso 62, es de noche, pero no duerme.

Panamá simplemente no duerme. No importa que sean casi las tres de la mañana: ni yo me he terminado mi martini, ni las luces se han apagado, ni los carros dejan circular por las calles que desde acá, separada por varios metros y un plástico fuerte y grueso, a manera de pared transparente, puedo ver e incluso contar.

Estoy sola en la mesa, sola, si se quiere: ellas se fueron a bailar salsa y este barcelonés no me hacen gran compañía: está nervioso y la estrategia de invitarme a otro trago le ha fallado: yo no quiero beber más, pero sí quiero conversar. Él no sabe bailar muy bien y quiere que lo guíe, a mí me gana la pereza. Y la incertidumbre. Si bien es cierto, la sensación de alienación acá es menor (en Europa me partía en dos, en tres, en veinte y en los días malos me sentaba en una banca, con el consuelo tonto de tener un litro de agua en un verano tardío que ya olía a otoño, un mapa que prometía romperse la próxima vez que lo sacara de mi bolsa y la soledad absurda de no recordar cuándo había hablado mi lengua materna por última vez). Pero el hecho de que esa sensación de no estar, de no pertenecer y de ínfima humildad y estrecha estatura es menor; no hace que desaparezca. Los acentos que escucho y lo extraño que me resulta estos rascacielos cortados abruptamente para darle paso al mar me recuerdan a mí en una fotografía que tengo de Los Ángeles, con mi amiga ecuatoriana, en una época, que cuando me da por llorar antes de dormir, me hace compañía.

Todo esto, en un piso 62 cualquiera. Me embriago de plástico barato, luces de neón, alfombras, concreto, cuadros. Una pareja que se agarra las nalgas, se muerden los labios y no paran de mirarse y a duras penas toleran los segundos antes de que se abran las puertas, como si fueran las puertas del mismísimo cielo o las del infierno. Pero hasta el infierno puede ser hermoso, o eso escribió Rimbaud o la dedicatoria en su libro de su temporada en esas tierras calientes.  “Love in a elevator” leo en la parte de arriba y yo me pregunto que de qué clase de amor estaremos hablando, entre el cansancio y la ginebra sospecho que eso del amor está vedado para mí. Como si algún dios se riera de mí, al saber que anhelo ser abrazada en condiciones de ternura y honestidad pero que sé con plena conciencia que me he gastado todos los tiquetes y que estoy cansada de esos amores baratos. Casandra, a vos Apolo y a mí ¿quién me maldijo? Cuando toco tierra firme (siempre pienso que el próximo terremoto me encontrará en un edificio o peor aún, en un ascensor) el problema es encontrar la salida. Mi estado de embriaguez es exaltado por las luces de los edificio, ahora desde abajo mientras recorro la Avenida Balboa en sentido contrario, la brisa marina me despeina.

Siempre en movimiento, siempre en ruta, siempre con ganas de explorar más. Es la condena de no saber y no querer detenerse.

Vamo a hablar panameño

Fue lo que se me ocurrió a medialuz, una noche cualquiera en uno de mis bares favoritos en el Casco Antiguo, en ciudad de Panamá. Puede que la balboa que me estaba tomando influyera en la conversación. Eso y el hecho de que no estaba entiendo al 100 x 100 lo que la gente decía.

Empezaron con la explicación. Annie y Sabrina. Hasta que las tuve que interrumpir. Correr donde el mesero y suplicarle un pedazo de papel y un lapicero. Pues no, ir donde el parrillero quien con un guiño me dijo que a cualquier persona le daría hasta su alma, pero como era yo no. Apelé al hecho de que quería aprender a hablar panameno. No resultó: el tipo en cuestión era colombiano. Me volvió a guiñar el ojo y me dio su lapicero.

Entonces, Annie y Sabrina, gustosas me compartieron su listica y yo con ustedes.

 

  • Tilín tilín y nada de paleta. Algo así como ser pura paja; perro que ladra no muerde, o mejor aún: ofrece y ofrece y a la hora de la hora, nada de ná.  Para más recursos didácticos, vea el video. (Ellas lo cantan de corrido…)

    https://www.youtube.com/watch?v=7VgDVvhvjx4

  • Tranque: presa. (En Ciudad de Panamá eso sobra, a cualquier hora.)
  • Chucha: la versión de panocha, órganos reproductores externos femeninos.
  • Chucha madre: o como yo diría puta madre, la puta que te parió. (Pero si usted es una señorita de bien, como no me queda la menor duda y está ante la presencia de señoritas de igual categoría, sírvase a decir: “cha madre”.)
  • Micha: mal pensados…. Es un tipo de pan: pan de micha.
  • Pinga, verga: picha, pene.
  • A ya lá (la vida, la máquina, la verga): denota sorpresa. ¿Al chile? ¿En serio? ¿Me estás jodiendo?
  • Man (ese/ esa man): el equivalente a mae.
  • Agüevado: significar estar como el huevo, es decir lento. Nada que ver con nuestro agüevado que significa que está triste.
  • Parking, parquear: irse a tomar la frías con los compas. Justo lo que estábamos haciendo cuando recibí esta lección de panameño.
  • Chilea: tranquila.
  • Pinta: cerveza.
  • Ajo  jo, chucha: ¡yyyy mae!
  • Bochinche: chisme.
  • Cógela: suave.
  • Qué por sopá: qué pasó. Algo así como el mopri que viene de primo.
  • Priti: mi favorita por mucho. Tuanis.
  • Vaina: vara, carajada.
  • Pelaíto: güila, niño.
  • Se formó un vergero…

¡Muchas gracias chiquillas!

 

It’s a fucking pharmacy!!!

Entonces, tuve la peregrina idea de invitar a Jen a almorzar. El plan era simple: pasta con pesto pero sin pasto y queso parmesano. Hasta ahí bien.

Hasta que entró al baño, a ese lugar que no me ha importado ordenar desde la última gira (que más da si me quedan menos de dos semanas) y vio esto:

image

It’s a fucking pharmacy me dijo hoy, después de la cena y yo le dije que no, que muchas de esas cosas las había conseguido aquí y empecé a explicarle qué es cada cosa. Así que Jen, esta es la lista:
Empezamos por la izquierda.

Dos cajitas para lentes de contacto. Cada estuche viene con cada botella y yo tengo dos: una grande para cuando estoy en campus y otra chica cuando voy de gira o cuando me escapo el fin de semana.

Hilo dental. Sí, la dentista ha hecho mucho hincapié en que tengo que usarlo.

Crema para el pelo.

Desodorante en barra. Que también funciona cuando tengo problema de rozaduras en la piel en climas calientes.

Botella transparente con líquido mágico que previene el olor de pies.

Botella chiquitita de crema corporal, para las giras.

Botellla pequeña de líquido para lentes de contacto.

Crema para la cara. Lo juro, es la única.

Botella casi vacía de enjuague bucal.

El desmaquillante, obvio.

Desodorante en spray. De las cosas más prácticas. Madre naturaleza, compenso con el jabón orgánico.

El estuche para mis anteojos.

Crema para el cuerpo. Va por la mitad.

Botella grande de líquido para los lentes de contacto.

Pasta dental,sí dos casi vacías y como tres cepillos de dientes.

Vaselina. Por la alergia de principio de semestre.

Una botella de champú y una de acondicionador casi vacías.

Un vaso y una cuchara.

Tres botellas chicas con crema para pelo, champú y acondicionador. Sí, por las giras.

Crema para depilar. Los pelos y yo, no.

Toallitas húmedas.

Crema para cuando me pican los bichos y me rasco dormida. Nunca la uso, está a punto de vencerse y por eso tengo las piernas como las tengo.

Sí, crema fancy pal pelo.

Quita esmalte.

El champú y el acondicionador orgánicos. Van más de la mitad.

Esmalte de uñas.

Tampones y toallas sanitarias.

Las hojas de lavandería y los papeles amarillos que uso en la mañana cuando tengo pereza de contar la ropa. Y el rotulador que uso para esos fines. Sí, es rosado.

Un espejito.

Se me quedó atrás el esparadrapo y la crema que mandaron en la farmacia por la alergia.

El estuchito de búhos para el cepillo y la pasta dental.

Un collar hecho a mano por los indígenas bribri.

Maquillaje.

Aclaro que falta el bloqueador, el repelente (que siguen en la mochila) y que el bote de insecticida está cerca de la ventana.

Y sí, vas a heredar algunaa cosillas en menos de dos semanas 😉

Osa maravillosa

Día 1
Viajar. Levantarse temprano, ponerse la chaqueta que no volverás a ver hasta que regreses. Dormirse y por el parabrisas del carro kilómetros y kilómetros de carretera. Un búho, monos aulladores, varios pájaros, los árboles cortés en plena floración dejando alfombras de flores amarillas. Hay tantos sonidos en la noche… El silencio o lo más parecido a eso únicamente al medio día.

Día 2
Empezar la jornada antes de que salga el sol. Es mi cumpleaños, pero estoy fascinada con la sensación de tener una tortuga verde recién nacida en las manos. Verlas irse, cruzar los dedos para que regresen. Caminar por los senderos, ver un murciélago soñoliento y las lapas en dúo volando en libertad. Ver monos ardilla, cariblancos, araña y aulladores: todos en un día. Sumergirme en el río y conversar con un español que no quiere regresar. Muchos relámpagos, llueve.

Día 3
Otro cumpleaños y más monos ardillas: dos hembras llevan crías en la espalda. Recoger semillas en el bosque y perseguir a dos lechuzas. Caminar por la playa de noche y sentir ese olor a mar y esas olas que revientan a lo largo de la playa. Que no nos salga una serpiente.

Día 4
Levantarse, pero con luz. Ir hasta el pueblo más cercano y embarcarse a perseguir delfines. Hacer snorkeling en el Golfo Dulce, una herida en un pie y que los tiburones no huelan la sangre. Sentir fascinación con tantos delfines alrededor, es que parecía que podía tocarlos. Una tortuga, una mataraya. Una medusa en mi hombro. Calor, por mucho el día más caliente y fotografiar monos ardillas sentada en el zacate. Ver la combinación de nubes negras y atardecer.

Día 5
En esta época seca, bien seca no se pueden sembrar árboles, pero sí que terminamos contando los que ya habían nacido: ojoche, corteza amarilla, guanacaste… Rellenar bolsas con tierra para que luego siembren las semillas ya germinadas. Pero esta tierra es tan seca, tan árida. Regresar y tomar una siesta, despertarse porque hace un calor ingobernable.

Día 6
Tostadas francesas. Playa. Demasiadas rocas y aún con la marea baja es complicado ver el fondo y yo con este pie medio adolorido, las rocas no se sienten bien. Bloqueador, boca abajo, mojarse, más bloqueador, boca arriba, caminar por la playa, regresar, más sol, boca abajo, boca arriba y mojarse por última vez. creo que no he fracasado en la misión de broncearme, pero parezco un mapa de carreteras. Sentarse con las señoras, huir con el mexicano a la playa. Cambiar de chofer, la hielera en la parte de atrás. Aprender lo que significa “Tide pool” y sumergir los pies con los pececillos. Tomar fotos del atardecer y de la playa y de las olas rompiendo contras las rocas hasta que se acaba la batería. Regresar, rocas como alquitrán. Cenar, el pescado frito no espera y escaparme. Muchos kilómetros después y un tobillo torcido y demasiada arena y conchas en los pies no quiero hablarme más a este españolito. Solo trazos de tortugas de la noche anterior, pero esta vez no tuve suerte. Caer muerta en la cama, justo antes de que hoy sea mañana.

Día 7

Hora de regresar, no a casa; a las montañas.
Un baño, empacar. Un tucán, una lapa, un oso perezoso, la lechuza, varios monos. Hasta pronto Osa.

Diagnóstico: melancolía

Hace calor y camino descalza. La sensación de ese piso en mi piel me hace bien, me tranquiliza un poco: el suelo está limpio y freco: me mantiene unida a estos metros cuadrados. Estoy enojada, estoy ansiosa, estoy frustrada y tengo unas ganas irrefrenables de llorar: han de ser las hormonas, doctora. A mi izquierda el salveque, al fondo la bolsa grande de manta. Al frente la ventana y me doy cuenta que solo me queda un ratito más. Me estoy despidiendo una vez más de San José. No planeaba hacerlo a solas, me hubiera gustado hacerlo contigo, que me hubieras dado otro abrazo, me sonrieras y que me dijeras que todo iba a estar bien y que nos veríamos pronto.  No sabés las ganas que tenía de verte. Sentir esa certeza de que alguien, quizá, si es que tengo algo de suerte extra, estará contando las horas para verme de nuevo cuando regrese. Empiezo a sentir miedo, siempre sola: ir, llegar, irse, volver; siempre en soledad. Empiezo a sospechar que así es la vida, que ese es el precio que pago por la libertad y que su sentido del humor conmigo es perverso. Doy vueltas por la habitación, siempre sin zapatos. Me hago un puño en la cama. Reacomodo el salveque. Lo pruebo en mi espalda. Trato de visualizarme con él por las calles de San Pedro. Busco las llaves. Saco un billete para pagar el bus. Me siento en la cama. Respiro.

Almuerzo sola. Levanto la vista y veo la ventana, la cortina, la luz del medio día. Mastico, trago. Bajo la mirada. Abro. Cierro. Vuelvo a levantar la mirada. Trago. Saboreo. Suspiro. En ese momento me doy cuenta que estoy enferma.

Solo te pido una postal a cambio

-Pues sí, será mi primera vez fuera del país. Incluso tuve que ir a sacar el pasaporte.

Yo no me lo creía, pero parecía ser cierto. Tan cierto como el vaso de cerveza que me estaba tomando. Tan cierto como que los tres estábamos en la barra del bar. Volví a ver los ojos de su esposa esperando confirmación: ella asintió con la cabeza y yo me quedé viendo sus gafas rojas. Me miré los pies, las uñas pintadas de rojo oscuro y entonces recordé que la primera vez que viajé en avión -sola, como todas las demás veces- también me había visto los pies. Solo que esa vez llevaba tennis y medias y no ese par de zapatos húngaros.

Entonces, entre sorbito y sorbito del festival de cervezas que nos improvisamos esa noche me dio por pensar. ¿Qué me hubiera gustado saber antes de ese primer viaje? ¿Qué hubiera cambiado? Nada, ahora puedo decir que nada y que alguien se atreva a quitarme lo bailado. En todo caso, solo puedo decirte, compañero, que te vas a volver adicto.

Te vas a volver adicto a esa eterna sensación de asombro: es como ser un infante de tres años con la conciencia de tres décadas después. Es delirante: te marea, te intoxica: te deja listo para ir por más. Todo resulta novedoso, desafiante y ajeno. O no, en determinado punto puede que te llegues a dar cuenta de que efectivamente en todas partes se cocinan habas.

La ansiedad sobre la boca del estómago no va a empezar cuando estés sentado en el avión. Puede que empiece dos meses antes o justo cuando tengás el boarding pass impreso en la mano, cuando veás tu nombre impreso junto con un número de asiento, un número de vuelo, un número de horas, un número de millas por recorrer. Cuando veás tu nombre a la par de un manojo de número que esta vez sí tienen sentido y materializan eso que parece no estar pasando.

Puede que la ansiedad nunca se te quite. O incluso como en mi caso, solo la veo venir cuando finalmente paso el tarjetazo y tengo un viaje en la mira. Luego se va, la gente me pregunta que si estoy emocionada y lo único que me gustaría decir es “solo estoy cansada”, pero miento y digo que sí, que no puedo esperar. En mi caso, el cansancio y los preparativos pueden más que cualquier otra cosa; de manera que la ansiedad se repliega y como una ola, regresa de golpe, me da una generosa cachetada en la cara; un día cualquiera, en el momento menos esperando, cuando te das cuenta de que SÍ estás ahí, de que es real y de que no tenés ni la más remota idea de cómo pasó, pero de que efectivamente ha pasado.

Ser un extraño; ante lo extraño y ante la misma extrañeza de los otros. Sentirse lejos de todo y de todos: ver un mapa y buscar tu país y ver cuán larga es la línea que separa un lugar del otro: a mí me da vértigo. Sobre todo cuando ni siquiera tu país aparece en el mapa porque no había suficiente espacio. Miedo, más ansiedad; curiosidad. Embriagarse de novedad, no querer dormir porque eso es perder el tiempo: hay tanto que ver, tanto que oler, tocar y saborear. Desear no salir de casa porque no aguantás el dolor de pies. Amar ese nuevo lugar, perderse, tener esa sensación de que te estás perdiendo de algo novedoso a dos cuadras pero que irremediablemente te lo vas a perder porque no serás capaz de encontrar ese lugar. Odiar ese nuevo lugar. Querer regresar pero ya, no querer devolverse.

No importa: lo más probable es que tu teléfono no funcione. Que todos los preparativos se queden solo en eso, al final vas a terminar haciendo algo muy distinto de lo que planeaste. Me alegra mucho que te comieras el wantán con los dedos; que yo sepa en la India no te van a dar cubiertos.

Solo te sugiero que llevés un cuaderno pequeño. Tomá nota de todo: de los lugares, de los nombres de las personas, del precio de algo. El nombre de las calles, las horas. Puede que a Camilo le haga mucha ilusión ver esas notas cuando ya sea grande y que como sus padres o como yo se termine contagiando de esa necesidad de mundo, de esa imperiosa necesidad de expandirse, de que la curiosidad solo se satisface en el momento en que tenés más curiosidad. Porque esa es la única forma de mantenerse con vida.

Recordá que cuando llegués a Dublín será mi cumpleaños. Yo solo te pido una postal a cambio de los muchos consejos que no puedo dar y de las buenas vibras, porque yo tampoco tengo dios al qué rezarle para que te vaya bonito.

 

 

A Rodolfo
(en su primer viaje, que no el último)

 

Vida de viajera

Me dio mucha pereza sacar el celular y pedirle espacio a la chica de al dado para tomar una foto al atardecer. A mi izquierda un adolescente con el que no hice demasiada simpatía. Estaba cansada y no quería actuar de turista esta vez, aunque aquí cada vez que alguien me conoce me pregunta que si soy tica. Especialmente los hombres, a las mujeres nunca les ha importado mi nacionalidad.

Era un atardecer hermoso…

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Esto es lo más parecido… Evidentemente, la fotografía no es mía.

 

Me di cuenta que no tenía a nadie con quién compartir esa belleza. Me di cuenta que era yo con mi mochila al hombro, la chaqueta impermeable, mis zapatos y este par de ojos para que pudieran capturar el momento y nada más. Esas largas conversaciones conmigo misma. Me sentí vacía de otredad, pero con la calma de un atardecer silente sobre el océano Pacífico. Esta es la vida que he escogido: eternamente de viaje, de un bus a otro, de un lugar al siguiente, sin una cama fija por más de tres meses. No estoy hecha para trabajar 8 horas diarias en un cubículo, sentada frente a una computadora. Cambiar la ropa según el clima, resignarse a dejar muchas cosas y muchas personas en diferentes partes. No saber cuándo será la próxima vez…

Facebook: de la diversión al odio

En aquellos tiempos, de piso de cerámica porosa, espacios pequeños, paredes gruesas y luz artificial, abrí mi cuenta de facebook. El fin era uno: manterse en contacto con la gente que irremediablemente se iba a vivir afuera. Desde entonces, con ese propósito he ido agregando gente, bloqueando otra tanta, eliminando o simplemente no contestando algunas solicitudes de amistad; así como también he estado del otro lado: verme eliminada, bloqueada o rechaza con toda la carga emocional que eso implica, hacia cualquier lado de la barrera, para bien o para mal.

En ese momento, por allá de la década pasada, todo parecía seguro y, más que todo, acogedor. La idea me resultaba novedosa y muy práctica: ya no precisaba escribir aquellos correos largos o esperar a que la otra persona se conectara por algún otro medio (como un chat) para sentirnos conectados y parte de una misma red humana.

Sin embargo, mucho ha llovido, mucha otra agua ha pasado por debajo del puente, mucha más está por venir y yo sé que llover sobre mojado está de más, pero facebook simplemente ya no es lo que era antes y para mí tiene sus días contados. De aquellos ingenuos momento de intimidad compartidos, pensaba yo, únicamente por quienes consideraba mis amigos cercanos hasta saber que mis datos y todo lo demás podría ser, no solo usado por una compañía, sino en mi contra. Entonces, de claro pasamos a grises y la cosa empieza a ponerse negra como mi estado de ánimo cuando veo ciertos comentarios o estados ajenos.

Creo que la gota que derrama el vaso en mi caso son dos: las elecciones presidenciales de mi país y la gente que está en mi red. Lo primero eventualmente pasará, no necesariamente el día de las elecciones. Eso no quita que ya me tiene harta, cansada ver que las fotos de los perfiles de mis amigos están llenas de colores políticos: a mí me interesa verles la cara y no su manía de gritarle al mundo su decisión electoral como si con eso algo cambiara en la economía, la alimentación, la educación. Qué dicha usted que ya se decidió por un partido, por un voto, por un futuro representante para este país, pero déjese la opinión para usted, a menos que alguien le pregunte sus razones o motivos. Me tiene sumamente cansada que la gente reproduzca lo que otros quieren que creamos, repita los miedos, contagie con sus inseguridades o se base en un discurso de autoridad de quien tiene las siete llaves de la sabiduría colgando en el cinturón.

De lo segundo que me tiene harta de Facebook no estoy segura que pase. Me he cansado de mantener relaciones de amistad que solo se basan en soporte electrónico. A medias. ¿Eso es realmente la amistad? Porque de ser así, a mí me han estafado. Puede que se haya banalizado la importancia del contacto y de la comunicación, de invitar a un amigo a cenar, de comprarle un dulce en la tienda de la esquina: con tantos chats, aplicaciones y redes sociales nunca me he sentido más desconectada de todo y de todos como ahora. Creo que si yo estuviera hecha de bits y no de tanta humanidad entre pecho y espalda, la cosa no estaría tan mal.

Sumado a la desconexión y ambigüedad propios de estos tiempo hay que agregarle tener que ver cosas que uno no quiere ver. Supongo que lo más obvio sería eliminar todo lo que no quiera ver, pero terminar las malas relaciones es tan fácil como terminar la Sagrada Familia: ahí siguen dándole… Como ustedes ya saben, por mis no creencias religiosas, por mis no creencias alimentarias y por otras no creencias que no comparto con un montón de gente me resulta imposible y bien cansado lidiar con toda persona aquella que quiera: hacerme creer en dios, hacerme dejar de comer carne (ambos grupos comparten la misma estrategia: la culpa y el hecho de que obviamente estás equivocada con tus decisiones personales y por lo tanto estás mal, lo cual se arreglaría si te convirtieras con la quincuagésima foto publicada para convercer de que te unieras a esta misa/ culto/rezo/ adoración/vegetarianismo/veganismo), hacerte sentir como si yo fuera el peor ser humano solo porque he decidido tener un punto de vista diferente. Ojo, que yo no pregono que se conviertan en ateos ni que coman carne.

De aquellos albores de Facebook poco queda: sobra la publicidad, el constante cambio de formato y apariencia, el eterno dilema de cuán privado o no es mi perfil, las listas, el que completes tu perfil con toda la información que a nadie le importa…

Entonces, aquel fin de mantener el contacto ya no es tal. ¿Qué vas a hacer Facebook? ¿Cuánto más tiempo tengo que perder navegando en tu página y páginas, perdiendo medio hígado en el camino?¿Cuál otra necesidad vas a crearme?  ¿De cuál forma voy a palear esa necesidad que justo ahora me regalas?

De la diversión al odio está plagado el camino de muchas relaciones y redes sociales. Facebook no será una excepción y yo dejaré mi cuenta pronto, muy pronto.

Diciembre pinta…

12 de enero. Abrir los ojos. Cerciorarse que aún se cuenta con la capacidad de respirar. Mover los ojos y comprobar que el lugar es conocido. Dejar de sostener la respiración, atreverse a mover el vientre y el pecho un poco más con cada respiración.Tragar salivar, comprobar la pésima calidad del cepillado dental de la noche anterior. Mover las puntas de los pies, calcular la hora con la luz que se cuela por la ventana, darse media vuelta y volver a cerrar los ojos. Rascarse la pierna, la cabeza, el pecho y la nalga izquierda. Diciembre es un mes con más pereza que yo en una mañana de domingo sin planes. Domingo es ese señor barrigón que lee el periódico a la sombra en el parque. Diciembre es rastro de perfume en la almohada. Domingo es la señora con sandalias, pelo desordenado y un buen pedazo de pan bajo el brazo. Diciembre es la calidez de las sábanas. Domingo son las campanas que replican a lo lejos, el tren que no espera, el buque que se marcha de puerto. Diciembre es  respirar profundo tratando de recordar las pistas de la recién perdida inconsciencia. Domingo son los perros callejeros, el arroz con pollo sin mezclar, la taza de café que aún no humea, el vendedor de huevos. Diciembre es tirar las sábanas con rencor. Domingo es no hacer nada. Diciembre es para sentirse culpable. Domingo es para no querer sentir nada y andar en balandranes todo el día. Diciembre es momento de tacones, maquillaje, besos y niños que celebrarán su nacimiento en setiembre; o no, cuando la no-madre respire aliviada al mes siguiente. Domingo se acabará cuando caiga el sol. Diciembre se acabará cuando se caiga la cuenta bancaria a ceros, redondos, vulgares y obscenos. Diciembre no pinta, no. Diciembre se destiñe.

Noviembre pinta…

11 de enero. Sábado. Noviembre pinta soleado y con brisa. ¿Nubes? No lo sé, tenía los ojos entrecerrados cuando corrí la cortina; o tenía mucha prisa para notar esos detalles tan insignificantes a la hora de tomarle el pulso al día y empezar a tomar notas mentales para la pinta de noviembre. Nadie es capaz de explicarse como estoy en pie dando una clase a las 8:00am, nadie. Y es que, si hubiera un dios por estos lados, (a como andan las cosas últimamente ni se arriman, estamos muy pedigüeños) tampoco podría explicárselo. El caso es que noviembre pinta a que tanto y tanto, que para arriba y que para abajo, me empieza a pasar la factura. Ya no pienso en divorcios, pienso en cómo resolver las próximas cuatro horas de clases y llegar a tiempo. Noviembre: mes de carreras, de sobrevivir de a poquitos.

Cuatro horas después lo que corresponde a medio mes me declaro en victoria absoluta: no solo el balance ha sido positivo, es que termino con una energía que parece que estuviera lista para aquella primera fallida carrera de 5km de hace algunas, muchas, entradas atrás. Noviembre e ir al parque, noviembre, sol y viento. Noviembre mes de mariscos y de despedirse. Quizá lo que más extrañe sea la constelación de lunares en la espalda y la vista de esos árboles más allá de las persianas, yo vivo enamorada de las copas de los árboles y de tomar una siesta con ese vaivén de hojas y ramas en la pupila. Noviembre termina con un baño caliente, tranquilo: como si con el agua se lavara los pecados y me dejaran lista para la última pinta del año.