Contra la muerte

Hoy es uno de esos días que empezaron horas atrás, despierta: “y de nuevo hoy ya es mañana” pensás mientras mirás el reloj y decidís de una vez por todas estar en posición horizontal y cerrar los ojos, pero no la conciencia, no las manos, no las páginas en blanco.

Hoy, cuando ya es hoy, es un día que va lento mientra se va respirando, pero el reloj va implacable y te acerca a la próxima cita, al siguiente compromiso, a la siguiente cara conocida, a la siguiente y a la siguiente y a la siguiente. El cielo nublado y la espera de la lluvia. Uno amanece desencajado, como con un espina en medio del pecho, una pesadez  y la certeza de callejón. Amanecés con un inquietud sin nombre y un batido de alas de golondrina en la boca. Amanecés con esa sensación de haber perdido algo o quizá de haberlo perdido todo y no ser capaz de reconocerte en el espejo. Dan ganas de pasear por el parque y verse el rostro en los charcos. Dan ganas de usar ropa holgada para que te quepan las respuestas de los escarabajos entre las costuras.

Entonces, a mí solo me ocurre leer un poema en contra de la muerte. Tomar un té caliente y tenerme paciencia, porque no entiendo qué pasa y para cuando lo logre entender ya habrá pasado. Paciencia y flores amarillas.

 

Contra la muerte
Gonzalo Rojas

 

Me arranco las visiones y me arranco lo ojos cada día que pasa.
No quiero  ver  ¡no puedo! ver morir a los hombres cada día.
Prefiero ser de piedra, estar oscuro,
a soportar el asco de ablandarme por dentro y sonreír
a diestra y siniestra con tal de prosperar en mi negocio.

No tengo otro negocio que estar aquí diciendo la verdad
en mitad de la calle y hacia todos los vientos:
la verdad de estar vivo, únicamente vivo,
con los pies en la tierra y el esqueleto libre en este mundo.

¿Qué sacamos con eso de saltar hasta el sol con nuestras máquinas
a la velocidad del pensamiento, demonios:  qué sacamos
con volar más allá del infinito
si seguimos muriendo sin esperanza alguna de vivir
fuera del tiempo oscuro?

Dios no me sirve. Nada me sirve para nada.
Pero respirto, y como, y hasta duermo
pensando que me faltan unos diez o veinte años para irme
de bruces, como todos, a dormir en dos metros de cemento allá abajo.

No lloro, no me lloro. Todo ha de ser así como ha de ser,
pero no puedo ver cajones y cajones
pasar, pasar, pasar, pasar cada minuto
llenos de algo, rellenos de algo, no puedo ver
todavía caliente la sangre en los cajones.

Toco esta rosa, beso sus pétalos, adoro
la vida, no me canso de amar a las mujeres: me alimento
de abrir el mundo en ellas. Pero todo es inútil,
porque yo mismo soy una cabeza inútil
listo para cortar, por no entender qué es eso
de esperar otro mundo en este mundo.

Me hablan de Dios o me hablan de Historia. Me río
de ir a buscar tan lejos la explicación del hambre
que me devora, el hambre de vivir como el sol
en la gracia del aire, eternamente.

Contra la muerte, 1964

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