It’s a fucking pharmacy!!!

Entonces, tuve la peregrina idea de invitar a Jen a almorzar. El plan era simple: pasta con pesto pero sin pasto y queso parmesano. Hasta ahí bien.

Hasta que entró al baño, a ese lugar que no me ha importado ordenar desde la última gira (que más da si me quedan menos de dos semanas) y vio esto:

image

It’s a fucking pharmacy me dijo hoy, después de la cena y yo le dije que no, que muchas de esas cosas las había conseguido aquí y empecé a explicarle qué es cada cosa. Así que Jen, esta es la lista:
Empezamos por la izquierda.

Dos cajitas para lentes de contacto. Cada estuche viene con cada botella y yo tengo dos: una grande para cuando estoy en campus y otra chica cuando voy de gira o cuando me escapo el fin de semana.

Hilo dental. Sí, la dentista ha hecho mucho hincapié en que tengo que usarlo.

Crema para el pelo.

Desodorante en barra. Que también funciona cuando tengo problema de rozaduras en la piel en climas calientes.

Botella transparente con líquido mágico que previene el olor de pies.

Botella chiquitita de crema corporal, para las giras.

Botellla pequeña de líquido para lentes de contacto.

Crema para la cara. Lo juro, es la única.

Botella casi vacía de enjuague bucal.

El desmaquillante, obvio.

Desodorante en spray. De las cosas más prácticas. Madre naturaleza, compenso con el jabón orgánico.

El estuche para mis anteojos.

Crema para el cuerpo. Va por la mitad.

Botella grande de líquido para los lentes de contacto.

Pasta dental,sí dos casi vacías y como tres cepillos de dientes.

Vaselina. Por la alergia de principio de semestre.

Una botella de champú y una de acondicionador casi vacías.

Un vaso y una cuchara.

Tres botellas chicas con crema para pelo, champú y acondicionador. Sí, por las giras.

Crema para depilar. Los pelos y yo, no.

Toallitas húmedas.

Crema para cuando me pican los bichos y me rasco dormida. Nunca la uso, está a punto de vencerse y por eso tengo las piernas como las tengo.

Sí, crema fancy pal pelo.

Quita esmalte.

El champú y el acondicionador orgánicos. Van más de la mitad.

Esmalte de uñas.

Tampones y toallas sanitarias.

Las hojas de lavandería y los papeles amarillos que uso en la mañana cuando tengo pereza de contar la ropa. Y el rotulador que uso para esos fines. Sí, es rosado.

Un espejito.

Se me quedó atrás el esparadrapo y la crema que mandaron en la farmacia por la alergia.

El estuchito de búhos para el cepillo y la pasta dental.

Un collar hecho a mano por los indígenas bribri.

Maquillaje.

Aclaro que falta el bloqueador, el repelente (que siguen en la mochila) y que el bote de insecticida está cerca de la ventana.

Y sí, vas a heredar algunaa cosillas en menos de dos semanas 😉

Anuncios

Diagnóstico: melancolía

Hace calor y camino descalza. La sensación de ese piso en mi piel me hace bien, me tranquiliza un poco: el suelo está limpio y freco: me mantiene unida a estos metros cuadrados. Estoy enojada, estoy ansiosa, estoy frustrada y tengo unas ganas irrefrenables de llorar: han de ser las hormonas, doctora. A mi izquierda el salveque, al fondo la bolsa grande de manta. Al frente la ventana y me doy cuenta que solo me queda un ratito más. Me estoy despidiendo una vez más de San José. No planeaba hacerlo a solas, me hubiera gustado hacerlo contigo, que me hubieras dado otro abrazo, me sonrieras y que me dijeras que todo iba a estar bien y que nos veríamos pronto.  No sabés las ganas que tenía de verte. Sentir esa certeza de que alguien, quizá, si es que tengo algo de suerte extra, estará contando las horas para verme de nuevo cuando regrese. Empiezo a sentir miedo, siempre sola: ir, llegar, irse, volver; siempre en soledad. Empiezo a sospechar que así es la vida, que ese es el precio que pago por la libertad y que su sentido del humor conmigo es perverso. Doy vueltas por la habitación, siempre sin zapatos. Me hago un puño en la cama. Reacomodo el salveque. Lo pruebo en mi espalda. Trato de visualizarme con él por las calles de San Pedro. Busco las llaves. Saco un billete para pagar el bus. Me siento en la cama. Respiro.

Almuerzo sola. Levanto la vista y veo la ventana, la cortina, la luz del medio día. Mastico, trago. Bajo la mirada. Abro. Cierro. Vuelvo a levantar la mirada. Trago. Saboreo. Suspiro. En ese momento me doy cuenta que estoy enferma.

Agosto pinta…

8 de enero. Calor. Trasnochar me pasa la factura y eso pasa: las cosas acumuladas tienen la propiedad de multiplicarse. Jugamos al gato y al ratón por un rato en la mañana: era nuestro último día para vernos y no lo hacemos porque has decidido irte a encontrarme en otro lugar al que yo no sé llegar. Agosto pinta a confusión, a laberinto en la capilla barroca. Caminar y llegar a la conclusión de que la humedad del ambiente no solo me deja respirar bien, me humedece la blusa, me pesan las piernas y con el libro de los placeres dormidos me pongo en la misión de contactar a la gente a la que podría decirle hasta pronto, nos vemos a la vuelta en unos meses. Llamadas telefónicas, mensajes o correos electrónicos. El calendario se llena y el sueño me guiña el ojo para dejarme vestida y alborotada porque no logro ni siquiera hacer una siesta. Hacer amigos con 10 pares de patas al mismo tiempo. Darme cuenta que no tengo la personalidad para comprar cremas caras: ni el bolsillo, ni la curiosidad, ni el espacio. Tomamos café y me doy cuenta de lo mucho que me aburro contigo, el silencio es el don más preciado que nos dieron los dioses: la libertad no tenía mucho que ver con esto.

Julio pinta…

7 de julio, como decir otro día cualquiera. Ya me está aburriendo esto de las pintas, para ser honesta. Hace un sol radiante, de nuevo la idea de que este día representa el séptimo mes me agarra por sorpresa, como tan sorpresa me agarra la mañana y me doy cuenta de que no llegaré a tiempo al correo. Que espere un día más, como tantos queden por vivir en ese cubículo de metal verde oscuro que tanto como alegrías como penas ha traído de varias fronteras. Darme cuenta que el restaurante al que no me hace ilusión está cerrado y revisar los libros que por más verde que te quiero verde y más biografías de Bowie no dejaré ningún rastro de transacción económica. Esperar y quién sabe qué cara pongo, la gente no me sonríe. Comer, hablar, encontrarse y soñar con la esperanza de que los castigos y las faenas cansinas se acaben un día: a Hércules le pusieron siete trabajos y el problema de nosotros es que ni somos semidioses ni sabemos cuántas tareas nos han puesto. Que la vida se digne finalmente a guiñarnos, nos suba la falda o se aleje bailando rumba. Yo voto por todas las anteriores. Suiza te espera, Francia se consolida y yo, yo solo quiero mi carta de divorcio con mi maestría. Julio promete generar ansiedad y cansancio. Caminar, eso siempre hace bien: sosiega. Darse cuenta que la vida en materia de economía no vale nada: no alcanzará nunca, nunca alcanzará ni la vida ni el dinero en la billetera para lo que añoremos. Nueve años de educación universitaria para darme cuenta que tengo habilidad para pintarte las uñas de azul clarito. Mensajes, esperar, los silencios incómodos. Julio pinta a invitaciones decorosas e inesperadas y a pulseras de perlas de río. Julio pinta que nos dejarán los buses y la ansiedad de no encontrar el regalo: todo tiene poliéster en esta ciudad. Julio pinta a romper las reglas, a huir de habitaciones de ese color verde que tanta alergia epidérmica me genera, a escuchar a los Cafres en una azotea sin pedir ni permiso ni perdón, a que veré de nuevo el tablero de ajedrez de los alrededores del Teatro Nacional desde un cuarto piso, una noche cualquiera y yo hablando, hablando. Julio huele a una colonia de Armani y a la primera lluviecilla del año.

Cruzar el charco, por primera vez

Segunda parte

—Le he abierto la ventana, para que le entre luz natural, eso ayuda.

Creo que le di las gracias. Casi 9 horas después de compartir la vida en ese espacio reducido uno termina socializando, aunque sea un poco con el compañero de vuelo que la suerte o la asignación de asiento te ha puesto a la par.

Giro mi cabeza a la izquierda. Este amanecer es casi tan terrible como cuando uno se despierta asustado, un domingo pensando que es martes, que hay que ir a trabajar, sin café y con resaca. Sí, todo eso junto y sin espacio para realmente estirarse.

Tengo dolor de cabeza, estoy desorientada, cansada. Calculo la diferencia horaria, aquí ya va siendo hora de la merienda a media mañana, en casa es de madrugada.

2013-08-14 02.56.56

Brilla, brilla, brillas. Y yo entrecierro los ojos. Hay que ir entrenando esas patas de gallo desde ya.

El amanecer lo había visto antes, claro. Me desperté antes, lo vi, tomé la foto, cerré la ventana y volví a dormir. Así he pasado este vuelo, despertándome a brincos, durmiendo a ratos. Ni las dosis de gravol posterior me ayudaron.

2013-08-14 00.45.52

Amanece a muchos pies de altura…

Un vuelo de más de diez horas es toda una experiencia. Puede que parezca interminable y lo es, pero uno la pasa entretenido si se lo toma con filosofía. Al ser un vuelo que sale casi en la tarde, sabés que en algún punto te vas a dormir.

La primera parte es “prensa, prensa” ¿Gusta algún diario, señorita?
De una vez, déme dos. Un periódico del país que dejo y otro al país al que llegaré.

Luego llegará la cena…

2013-08-13 18.13.18

Yo estaba enamorada de los tarritos, así todo perfectamente acomodado. Los cubiertos. Pero no me robé nada, no por falta de ideas o de ganas, si no porque me sobra escrúpulos.

Luego llegarán las tres películas que no verás si tenés suerte y podés dormir un poco…

Mi compañero de viaje era otro desempleado, de esos que sobran en el mundo: a este no le faltaba experiencia, pero le sobraba experiencia y eso, a veces, se vuelve muy caro para las empresas. Programador o diseñador o ambas. Así que decidió cambiar la fecha de regreso y atrasarla una semana más ya que no había oficina a la cual regresar y así pasarla junto a su novia en varias partes de España. La verdad es que el plan no sonaban mal. Viajero frecuente y experimentado. Con su propia computadora y su propia película. Respetuoso y con los límites claro y sin embargo, muy amable, no vayan a pensar que era un estirado. Una de las tareas que le tenían enconmendada era llevar una perra. Ojalá la mascota de alguien haya llegado bien; una vez que pasamos seguridad no lo volví a ver más, al menos me dio tiempo de despedirme y ya no supe más.

Sobrevolar Portugal: la cara de felicidad no me la quita nadie: ¡he llegado a Europa! Ese mapa, esa visualización del mapa por la pantalla es de las cosas más hermosas que he visto. Mis colochos han perdido la forma y la vigorocidad del trópico: entre la poca humedad y el aire acondicionado no hay curvas que resistan.

Sobrevolamos España, ya me acerco a mi destino. Ahora, Madrid, es cuestión de minutos. La veo desde arriba, amplia, plana, seca. Lo único que pienso, es que qué dicha, Madrid, que no sos mujer.

2013-08-14 02.50.18

Les informamos a todos los pasajeros del vuelo IB6314 que se procederá con el aterrizaje en 20 minutos, por favor, abróchense los cinturones…

Prepárame la cena, que llego pronto

El irse, constantemente, tiene un problema.

El problema no es que se dañe el zípper o cremallera de la maleta de tanto abrir y cerrar. El problema no es recordar dónde dejaste aquella camiseta que te quedaba tan bien, no recordar cuándo fue la última vez que viste ese libro, esa tarjeta postal que antes decoraba la pared, esos zapatos que ni recordabas que estaba ahí y que, guardaditos más bonitos.

El problema no es estar con los ojos abiertos y no saber si es real lo que se tiene enfrente o mantener un desorden permanente en el baño entre botellas chicas de viaje y los envases de tamaño regular. Papeles, tiquetes de bus, de metro, boarding passes viejos, monedas de tres continentes, una decena de ciudades, un puñado de historias, las que te quepan en el aliento; eso tampoco es problema.

El problema no es la suela gastada, las medias blancas percudidas, el dolor muscular. Tampoco los eternos piquetes de los mosquitos, el bronceado torcido en la piel que parece más un mapa lleno de monstruos en sus orillas que la promesa, editada, de las revistas.

El problema no es el cansancio de fotografiarlo todo para no olvidar nada. El problema no es que te dé igual andar o no con la cámara. Que se te acaben las baterías o el espacio en la memoria.

El problema ya no es decir adiós constantemente. Eso ya es parte de la rutina: las lágrimas son parte de la sal para aderezar la comida. No tener pañuelos para secarse las lágrimas o enjugárselas (ese verbo que desde niña me da risa, porque no lo entiendo) no es un problema: se deja de llorar. Despedirse se toma con la misma filosofía que perder un taxi, un bus: nos ha pasado a todos, nos seguirá pasando, ya vendrá otra persona y otra despedida más.

El problema no es perder amigos, ¿amigos realmente fueron? Tampoco las preguntas incómodas de algún ex que quiera confesarte al mejor estilo del medievo. Mentir nunca ha sido tan fácil como antes y que yo me acuerde, no siempre digo la verdad. ¡Ay! A ponerle sal en las heridas.

Pero ese no es el problema.

El problema es volver, querer volver a mi casa, querer volver a un hogar, querer volver y saber que ha cambiado. Darse cuenta que ya ese lugar no es tu hogar.

El problema es volver y realmente decepcionarse. Ese, el lugar que era tu ciudad, tu refugio, tu punto de referencia ha cambiado, o más bien, uno ha mutado y desencaja en el paisaje. Por primera se torna tan distante como el lugar anterior del que estabas huyendo, o del que estabas yendo con el corazón en la boca. Por primera vez, San José, me parecías tan distante  como todos esos lugares que he pisado por primera vez durante este año.

Prepárame la cena, mamá, que llego pronto y solo me apetece quedarme en la cama, en esa cama donde había dormido durante más de una década. Y digo “había dormido” porque la próxima vez que llegue tendré otra cama, incapaz de reconocer mi espalda de la misma manera que no sé si sabré reconocer sus colores.

Prepárame la cena, mamá, que llego pronto.

 

¡Feliz cumpleaños blog!

Bueno, terriblemente desconectada. Lo sé, pero no pido disculpas. Tengo muchas historias, espero no olvidarlas y contarlas acá.

 

Por ahora, solo queda desearle un feliz cumpleaños a mi blog. En un año muchas cosas, muchísimas han cambiado. Tengo imaginación pero no tanta como para darme cuenta de todo lo que cambiaría. He cumplido muchos sueños y ahora tengo más.

Puedo decir, sin temor a equivocarme, que este ha sido el mejor año de mi vida… Y por muchos años más, querido blog.

San Luis de Puntarenas (Monteverde), toma dos

2013-08-06 14.17.48Sí, toma dos, porque he vuelto y aquí es donde empieza la gran aventura de este año, como si este año no fuera una completa aventura.

Estuve acá tres meses: desde mediados de enero a principios de abril. Ahora he vuelto, pero no a hacer de profesora, si no más bien a hacer de traductora/ intérprete (ay, como si yo tuviera ese soñado C2 en inglés, pero les prometo que estoy haciendo mi mejor esfuerzo) con una chica que está recogiendo los datos para su trabajo final de maestría de la Universidad de Georgia. Ha estado no solo interesante, y muy  entretenido: claro luego de estar toda la mañana dele que dele, les juro que me dolía la lengua, así que en mi dencanso la meta era no hablarle a nadie: me encerré en el cuarto.

Ayer me sentí perdida en algún punto de Finca la Bella, un lugar donde viven varias personas pero, a ver… No es que vivan una casa seguida de la otra, no. No es que sea un finca en la acepción nuestra: es una gran (enorme) porción de tierra donde viven varias familias (una gran región ha decidido conservarse, de manera que nadie vivirá en esa parte).  En esa “finca” hay desviaciones, que doble a la derecha, que después de la bajada, que ah… Ahora entienden porque es tan fácil doblarse los tobillos (bueno no todo el mundo tiene los tendones tan flexibles como los míos, pero nunca ha sido una excusa para estarme quedita, eso es algo que yo simplemente no sé cómo se hace ni para qué sirve) y ahora ustedes entienden también por qué tengo esas botas de niña exploradora: de otra manera sería imposible y más ahora que estamos en la época lluviosa. Mis puntos de referencia, aunque no lo crean, empiezan a ser las montañas y algunos árboles. A veces, alguna planta con flores…  De la investigación en sí y de la chica no hablaré tanto, por obvias razones, pero ha sido maravilloso:

1. Volver

2. Poder colaborar con este proyecto.

Empezamos por el final como las historias que me gustan: poder estar presente en las entrevistas me ha permitido tener una comprensión más amplia de esta comunidad y de amarla aún más: esta es gente que trabaja, que colabora, que se reúnen y trabajan juntos. Ellos no están esperando a que un gobierno o una municipalidad les dé la solución a sus problemas. La comunidad de San Luis es, bajo todo el término de la palabra, una comunidad y de las que se respetan y que con mucha honra pueden ostentar esa bandera. Las personas tienen muy integrado eso de que si naciste aquí tenés una responsabilidad con ese lugar que te vio nacer y con las personas alrededor tuyo. No se trata, como se podría pensar erróneamente, que persiguen un fin o un objetivo individual teñido por el lucro, todo lo contrario: esta es gente que dona su fuerza de trabajo, comparten conocimientos y logran arreglar los problemas de su propia comunidad y de otras comunidades cuando sea necesario: así es como unos niños en una comunidad de extremada pobreza en la zona norte del país, ya casi llegando a Nicaragua, probaron el helado por primera vez (helado que acá es delicioso, vamos con la producción lechera de esta zona, todos los productos lácteos son muy buenos) y entre ellos se organizaron, consiguieron los materiales para construir una casa humilde, pero casa al fin, les donaron ropa y zapatos.

Aquí la generosidad está está en los genes, se respira, se vive, se practica activamente y se cree en ella: un mundo mejor es posible si estamos comprometidos en trabajar  para lograrlo porque tenemos un objetivo común. Parece que no todo está perdido. Este pueblo es el mejor ejemplo: aquí no se esperaron a que llegaran las cuadrillas del ICE electrificaran: ellos se pusieron hacer los huecos para los postes, cargaron los cables por los senderos y las montañas. La pavimentación de la calle principal que comunica San Luis con Santa Elena, el pueblo más céntrico en Monteverde fue pavimentado entre miembros de la comunidad y la Universidad de Georgia (y yo que he subido y bajado ese camino 9 veces: cuatro de subida y cinco de bajada, le cuento que es bien complicado, empinado y de donde sacaron la piedra y el material hasta ponerlo en la calle implicó un trabajo de gente verdaderamente comprometida).

¿Ahora me entienden cuando digo que este lugar es hermoso? No solamente el lugar, con su geografía, sus animales, sus paisajes, su comida… Es la gente.

“Cuando uno conoce a alguien de San Luis, uno conoce a un amigo.”
“Sabe, yo no soy de aquí, pero una vez que conocí San Luis ya no me quise ir.”

No es que haya pasado por un proceso de “coco wash” pero realmente, para medirle el pulso a cualquier lugar es necesario:

1. Salirse de los lugares turísticos.

2. Darse tiempo: para conocer, para preguntar, para integrarse, para darse paciencia a uno mismo cuando uno no tiene ni idea de lo que pasa, para enfermarsey volverse a curar. En el caso de algunos (no ha sido el mío, aclaro) enamorarse de alguien de carne y hueso.

3. Conocer a los lugareños: esa ha sido la clave en este segundo viaje: esta vez he hablado montones con la gente acá.

 

Regresar acá también tiene un sabor agridulce: pero el balance es más bien dulcete como la miel que le puse encima a las empanadas fritas con queso del desayuno de ayer (ajá varios gringos acá pusieron cara de qué cree que está haciendo hasta que les dije que lo probaran… Puedo asegurarles que tengo más adeptos en mi religión, ja!).

Es triste porque la última vez que estuve aquí había mucha gente a la que le tomé mucho cariño (los ves todo el día, todos los días, compartimos viajes, experiencias, enfermedades, sustos (como que te aparezca un alacrán en el hombro de la nada) comida, ideas, sueños, aventuras (y travesuras), nuestras frustraciones y la tristeza de extrañar a nuestros seres queridos… O nuestras comidas favoritas  ¿Cómo no encariñarse con la gente de esa forma, si tras de eso es gente súper querible?)

Pero, en términos generales, ha sido hermoso volver, por dicha, sin la frente marchita. La gente que todavía está acá me ha recibido, literalmente, con los brazos abiertos: los primeros dos días San Luis era una fiesta para mí, porque de verdad, no me faltaron abrazos y sonrisas y me ha faltado tiempo para sentarme con todos y poder conversar de verdad y tener, ante todo, tiempo de calidad con la gente.  Nunca me han recibido de esa manera en ninguna parte que no sea mi casa, así que San Luis tiene una forma especial de hogar para mí, aunque a veces yo sea tan extranjera aquí como las personas que tienen pasaporte distinto al mío.

La próxima entrada será un recuento de los momentos clave (chistosos o memorables) durante esta estadía 🙂

Como hoy:  finalmente vi el sol… Los últimos días en Chepe fueron de cielos nublados y aguaceros. Acá también, pero un poco más frío, ventoso y con sentido más cobarde para la aventura en cuanto a los animales que me he encontrado:

“Lección 239 del monte: cierre su maleta completamente si no la está usando.”

Damos por inaugurada una nueva sección: fotografías

Me encontré con un blog portugués espectacular de fotografías: http://blog.fotoalternativa.net/ Y bueno, no es secreto que soy una fotógrafa frustrada, así que me dije y ¿por qué no hago lo mismo? Así que estaré seleccionando fotos viejas y publicando una que otra siempre y cuando el tiempo y la paciencia me lo permitan. Por ahora, el tiempo no es escazo ,-)

IMG_1201

Autorretrato