Desde un piso 62 cualquiera

Piso 62, es de noche, pero no duerme.

Panamá simplemente no duerme. No importa que sean casi las tres de la mañana: ni yo me he terminado mi martini, ni las luces se han apagado, ni los carros dejan circular por las calles que desde acá, separada por varios metros y un plástico fuerte y grueso, a manera de pared transparente, puedo ver e incluso contar.

Estoy sola en la mesa, sola, si se quiere: ellas se fueron a bailar salsa y este barcelonés no me hacen gran compañía: está nervioso y la estrategia de invitarme a otro trago le ha fallado: yo no quiero beber más, pero sí quiero conversar. Él no sabe bailar muy bien y quiere que lo guíe, a mí me gana la pereza. Y la incertidumbre. Si bien es cierto, la sensación de alienación acá es menor (en Europa me partía en dos, en tres, en veinte y en los días malos me sentaba en una banca, con el consuelo tonto de tener un litro de agua en un verano tardío que ya olía a otoño, un mapa que prometía romperse la próxima vez que lo sacara de mi bolsa y la soledad absurda de no recordar cuándo había hablado mi lengua materna por última vez). Pero el hecho de que esa sensación de no estar, de no pertenecer y de ínfima humildad y estrecha estatura es menor; no hace que desaparezca. Los acentos que escucho y lo extraño que me resulta estos rascacielos cortados abruptamente para darle paso al mar me recuerdan a mí en una fotografía que tengo de Los Ángeles, con mi amiga ecuatoriana, en una época, que cuando me da por llorar antes de dormir, me hace compañía.

Todo esto, en un piso 62 cualquiera. Me embriago de plástico barato, luces de neón, alfombras, concreto, cuadros. Una pareja que se agarra las nalgas, se muerden los labios y no paran de mirarse y a duras penas toleran los segundos antes de que se abran las puertas, como si fueran las puertas del mismísimo cielo o las del infierno. Pero hasta el infierno puede ser hermoso, o eso escribió Rimbaud o la dedicatoria en su libro de su temporada en esas tierras calientes.  “Love in a elevator” leo en la parte de arriba y yo me pregunto que de qué clase de amor estaremos hablando, entre el cansancio y la ginebra sospecho que eso del amor está vedado para mí. Como si algún dios se riera de mí, al saber que anhelo ser abrazada en condiciones de ternura y honestidad pero que sé con plena conciencia que me he gastado todos los tiquetes y que estoy cansada de esos amores baratos. Casandra, a vos Apolo y a mí ¿quién me maldijo? Cuando toco tierra firme (siempre pienso que el próximo terremoto me encontrará en un edificio o peor aún, en un ascensor) el problema es encontrar la salida. Mi estado de embriaguez es exaltado por las luces de los edificio, ahora desde abajo mientras recorro la Avenida Balboa en sentido contrario, la brisa marina me despeina.

Siempre en movimiento, siempre en ruta, siempre con ganas de explorar más. Es la condena de no saber y no querer detenerse.

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Osa maravillosa

Día 1
Viajar. Levantarse temprano, ponerse la chaqueta que no volverás a ver hasta que regreses. Dormirse y por el parabrisas del carro kilómetros y kilómetros de carretera. Un búho, monos aulladores, varios pájaros, los árboles cortés en plena floración dejando alfombras de flores amarillas. Hay tantos sonidos en la noche… El silencio o lo más parecido a eso únicamente al medio día.

Día 2
Empezar la jornada antes de que salga el sol. Es mi cumpleaños, pero estoy fascinada con la sensación de tener una tortuga verde recién nacida en las manos. Verlas irse, cruzar los dedos para que regresen. Caminar por los senderos, ver un murciélago soñoliento y las lapas en dúo volando en libertad. Ver monos ardilla, cariblancos, araña y aulladores: todos en un día. Sumergirme en el río y conversar con un español que no quiere regresar. Muchos relámpagos, llueve.

Día 3
Otro cumpleaños y más monos ardillas: dos hembras llevan crías en la espalda. Recoger semillas en el bosque y perseguir a dos lechuzas. Caminar por la playa de noche y sentir ese olor a mar y esas olas que revientan a lo largo de la playa. Que no nos salga una serpiente.

Día 4
Levantarse, pero con luz. Ir hasta el pueblo más cercano y embarcarse a perseguir delfines. Hacer snorkeling en el Golfo Dulce, una herida en un pie y que los tiburones no huelan la sangre. Sentir fascinación con tantos delfines alrededor, es que parecía que podía tocarlos. Una tortuga, una mataraya. Una medusa en mi hombro. Calor, por mucho el día más caliente y fotografiar monos ardillas sentada en el zacate. Ver la combinación de nubes negras y atardecer.

Día 5
En esta época seca, bien seca no se pueden sembrar árboles, pero sí que terminamos contando los que ya habían nacido: ojoche, corteza amarilla, guanacaste… Rellenar bolsas con tierra para que luego siembren las semillas ya germinadas. Pero esta tierra es tan seca, tan árida. Regresar y tomar una siesta, despertarse porque hace un calor ingobernable.

Día 6
Tostadas francesas. Playa. Demasiadas rocas y aún con la marea baja es complicado ver el fondo y yo con este pie medio adolorido, las rocas no se sienten bien. Bloqueador, boca abajo, mojarse, más bloqueador, boca arriba, caminar por la playa, regresar, más sol, boca abajo, boca arriba y mojarse por última vez. creo que no he fracasado en la misión de broncearme, pero parezco un mapa de carreteras. Sentarse con las señoras, huir con el mexicano a la playa. Cambiar de chofer, la hielera en la parte de atrás. Aprender lo que significa “Tide pool” y sumergir los pies con los pececillos. Tomar fotos del atardecer y de la playa y de las olas rompiendo contras las rocas hasta que se acaba la batería. Regresar, rocas como alquitrán. Cenar, el pescado frito no espera y escaparme. Muchos kilómetros después y un tobillo torcido y demasiada arena y conchas en los pies no quiero hablarme más a este españolito. Solo trazos de tortugas de la noche anterior, pero esta vez no tuve suerte. Caer muerta en la cama, justo antes de que hoy sea mañana.

Día 7

Hora de regresar, no a casa; a las montañas.
Un baño, empacar. Un tucán, una lapa, un oso perezoso, la lechuza, varios monos. Hasta pronto Osa.

Solo te pido una postal a cambio

-Pues sí, será mi primera vez fuera del país. Incluso tuve que ir a sacar el pasaporte.

Yo no me lo creía, pero parecía ser cierto. Tan cierto como el vaso de cerveza que me estaba tomando. Tan cierto como que los tres estábamos en la barra del bar. Volví a ver los ojos de su esposa esperando confirmación: ella asintió con la cabeza y yo me quedé viendo sus gafas rojas. Me miré los pies, las uñas pintadas de rojo oscuro y entonces recordé que la primera vez que viajé en avión -sola, como todas las demás veces- también me había visto los pies. Solo que esa vez llevaba tennis y medias y no ese par de zapatos húngaros.

Entonces, entre sorbito y sorbito del festival de cervezas que nos improvisamos esa noche me dio por pensar. ¿Qué me hubiera gustado saber antes de ese primer viaje? ¿Qué hubiera cambiado? Nada, ahora puedo decir que nada y que alguien se atreva a quitarme lo bailado. En todo caso, solo puedo decirte, compañero, que te vas a volver adicto.

Te vas a volver adicto a esa eterna sensación de asombro: es como ser un infante de tres años con la conciencia de tres décadas después. Es delirante: te marea, te intoxica: te deja listo para ir por más. Todo resulta novedoso, desafiante y ajeno. O no, en determinado punto puede que te llegues a dar cuenta de que efectivamente en todas partes se cocinan habas.

La ansiedad sobre la boca del estómago no va a empezar cuando estés sentado en el avión. Puede que empiece dos meses antes o justo cuando tengás el boarding pass impreso en la mano, cuando veás tu nombre impreso junto con un número de asiento, un número de vuelo, un número de horas, un número de millas por recorrer. Cuando veás tu nombre a la par de un manojo de número que esta vez sí tienen sentido y materializan eso que parece no estar pasando.

Puede que la ansiedad nunca se te quite. O incluso como en mi caso, solo la veo venir cuando finalmente paso el tarjetazo y tengo un viaje en la mira. Luego se va, la gente me pregunta que si estoy emocionada y lo único que me gustaría decir es “solo estoy cansada”, pero miento y digo que sí, que no puedo esperar. En mi caso, el cansancio y los preparativos pueden más que cualquier otra cosa; de manera que la ansiedad se repliega y como una ola, regresa de golpe, me da una generosa cachetada en la cara; un día cualquiera, en el momento menos esperando, cuando te das cuenta de que SÍ estás ahí, de que es real y de que no tenés ni la más remota idea de cómo pasó, pero de que efectivamente ha pasado.

Ser un extraño; ante lo extraño y ante la misma extrañeza de los otros. Sentirse lejos de todo y de todos: ver un mapa y buscar tu país y ver cuán larga es la línea que separa un lugar del otro: a mí me da vértigo. Sobre todo cuando ni siquiera tu país aparece en el mapa porque no había suficiente espacio. Miedo, más ansiedad; curiosidad. Embriagarse de novedad, no querer dormir porque eso es perder el tiempo: hay tanto que ver, tanto que oler, tocar y saborear. Desear no salir de casa porque no aguantás el dolor de pies. Amar ese nuevo lugar, perderse, tener esa sensación de que te estás perdiendo de algo novedoso a dos cuadras pero que irremediablemente te lo vas a perder porque no serás capaz de encontrar ese lugar. Odiar ese nuevo lugar. Querer regresar pero ya, no querer devolverse.

No importa: lo más probable es que tu teléfono no funcione. Que todos los preparativos se queden solo en eso, al final vas a terminar haciendo algo muy distinto de lo que planeaste. Me alegra mucho que te comieras el wantán con los dedos; que yo sepa en la India no te van a dar cubiertos.

Solo te sugiero que llevés un cuaderno pequeño. Tomá nota de todo: de los lugares, de los nombres de las personas, del precio de algo. El nombre de las calles, las horas. Puede que a Camilo le haga mucha ilusión ver esas notas cuando ya sea grande y que como sus padres o como yo se termine contagiando de esa necesidad de mundo, de esa imperiosa necesidad de expandirse, de que la curiosidad solo se satisface en el momento en que tenés más curiosidad. Porque esa es la única forma de mantenerse con vida.

Recordá que cuando llegués a Dublín será mi cumpleaños. Yo solo te pido una postal a cambio de los muchos consejos que no puedo dar y de las buenas vibras, porque yo tampoco tengo dios al qué rezarle para que te vaya bonito.

 

 

A Rodolfo
(en su primer viaje, que no el último)

 

Vida de viajera

Me dio mucha pereza sacar el celular y pedirle espacio a la chica de al dado para tomar una foto al atardecer. A mi izquierda un adolescente con el que no hice demasiada simpatía. Estaba cansada y no quería actuar de turista esta vez, aunque aquí cada vez que alguien me conoce me pregunta que si soy tica. Especialmente los hombres, a las mujeres nunca les ha importado mi nacionalidad.

Era un atardecer hermoso…

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Esto es lo más parecido… Evidentemente, la fotografía no es mía.

 

Me di cuenta que no tenía a nadie con quién compartir esa belleza. Me di cuenta que era yo con mi mochila al hombro, la chaqueta impermeable, mis zapatos y este par de ojos para que pudieran capturar el momento y nada más. Esas largas conversaciones conmigo misma. Me sentí vacía de otredad, pero con la calma de un atardecer silente sobre el océano Pacífico. Esta es la vida que he escogido: eternamente de viaje, de un bus a otro, de un lugar al siguiente, sin una cama fija por más de tres meses. No estoy hecha para trabajar 8 horas diarias en un cubículo, sentada frente a una computadora. Cambiar la ropa según el clima, resignarse a dejar muchas cosas y muchas personas en diferentes partes. No saber cuándo será la próxima vez…

Cruzar el charco, por primera vez

Primera parte

 

Hoy es noche de insomnio, como tantas otras. Parece que se me está haciendo costumbre, o quizá, es que mi organismo simplemente tiene un modo nocturno de funcionar. El caso es que vamos a aprovechar este ratito para actualizar este blog que tan descuidado lo tengo.

Como primicia para las siguientes entradas, creo que el hilo conductor será “las primeras veces”. En el caso de esta entrada, voy a tratar de recordar cómo fue cruzar el charco por primera vez.

Para quienes no estén familiarizados con la expresión “cruzar el charco” pues se los explico gráficamente. Básicamente es esto:

Aunque la palabra "charco" sirve para nombrar aquella porción de agua encerrada en una porción de tierra ubicable en una zona geográfica delimitada y pequeña, como lo puede ser la calle o la acera,

La palabra “charco” sirve para nombrar aquella porción de agua encerrada en una porción de tierra ubicable en una zona geográfica delimitada y pequeña, como lo puede ser la calle o la acera; evidencia el rastro de la lluvia (o el uso indiscriminado, no señalizado ni penalizado en el recibo, del agua para lavar la acera, el carro o regar las plantas. Bueno así eran las cosas cuando era niña…) La palabra “charco” señala el camino de muchas memorias agradables de cuando éramos niños y saltábamos para mojarnos los zapatos y salpicarlo todo a nuestro alrededor. Pero además, el charco, el gran charco es ese océano que nos separa y que a la vez, como si fuéramos Sísifo, intentamos una y otra vez, unirlo a nuestra existencia, sabiendo que no queda más que el retorno, del otro lado del charco.

 

-¿Vas a ir a Europa sola?

-Sí

Reacción a:  ¡Mae qué chiva! ¡Qué dichosa! ¡Qué le vaya bien!
Reacción b: ¡Mae, qué chiva! Qué valiente… Yo no podría hacer algo así.
Reacción c: ¡Qué chiva, Ana! Ojalá le vaya muy bien, pero se cuida…

Yo la verdad, cuando compré el tiquete pues no estaba segura de lo que estaba haciendo. No le conté a mucha gente y mucha otra se fue enterando con el tiempo. El día antes, tampoco tenía idea de que lo que estaba haciendo. Así que incumplí todas las recomendaciones que te recitan para tener un viaje placentero y reducir el jet lag:

1. No dormí lo suficiente la noche anterior al viaje. Vamos, hay que hacer la maleta.
2. Habíamos tomado. Estábamos celebrando el cumpleaños, a la distancia, de un amigo y colega que ya no estaba con nosotros. Pero le hicieron llegar una copia del video.
3.  Tenía cansancio acumulado de la semana anterior: el trabajo y el insomnio.
4. Entre otros detalles que no vienen al caso.

Así que, unas horas antes de levantarme de nuevo yo ya estaba lista:

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A las poquitas, poquitísimas horas, estaba en pie. Bañarse, ponerse la ropa que estaba tirada en la otra cama. Suenan las rueditas de la maleta por el piso de madera. ¿Les he dicho que soy adicta a ese sonido? A las 6:00am, Alex, uno de los taxistas que nos lleva cuesta arriba y cuesta abajo por la trocha, me estaba esperando. Empieza el viaje: ver mis montañas, los valles. Este verdor que me embriaga.

6:20am, 13 de agosto. Comprar el tiquete del bus de Santa Elena a San José. Ir al baño, sonreírle a los turistas que como yo se bajaban en el aeropuerto y somos los últimos en poner nuestro equipaje en la barriga baja del bus. El chico del asiento de adelante, del otro lado del pasillo, está bastante guapo, tiene esos requisitos físicos que a mí me encantan. Él estaba un poco obsesionado por los traseros femeninos, un poco… Demasiado. Pero es que tenía mal gusto, querido mío, ese trasero no merecía tanto detenimiento. No, los calzones grandes no mata pasiones, el mal gusto lo asesina por la espalda.

6:30am, 13 de agosto. Oficialmente comienza el viaje. No bien hemos salido de Santa Elena cuando esta mujer de caderas anchas, no tan anchas como el mundo, pero sí para hacernos recoger los hombros; tan latinoamericana ella con sus tacones, maquillaje llamativo, ropa ajustada, llantas en la zona abdominal y perfumes (entre el perfume y las cremas, calculo que llevaba al menos 6 olores distintos) detiene el bus. Un señor mayor no ha abordado el bus y para complicar las cosas, él no entiende bien la nueva ruta del bus. No lo culpo, yo tampoco.

Algún punto más tarde en la mañana. Las curvas de Guacimal… Las odio. A echar mano de la primera dosis de gravol. Y yo que quería usarlas después y pasar seguridad con 4.5 sentidos en lugar de 3 de los cinco que dicen que tenemos. Audífonos, cerrar los ojos y concentrarse en la nada. Sí, en la nada. Ese malestar no da para pensar en el existencialismo. Mi compañero de viaje no se molesta. Él lleva audífonos también. En algún punto empiezo el desayuno que había preparado la noche anterior.

10:30am, 13 de agosto. Mi maleta está a la orilla, como la gente que se queda en el aeropuerto. El chico que miraba traseros también se baja aquí. Pero él no sabe devolver sonrisas, aunque sea de complicidad por estar, ambos, en la misma circunstancia.

Tantas y muchas horas ahí. Tratar de leer, comprar un café moca que sorprendentemente no está dulce. Han usado cacao de verdad y el precio ha sido justo. Comer, ver la gente, esperar… No a que llegara la hora del vuelo, sino esperar a que el avión aterrizara. Empiezo a darme cuenta de mi soledad. Empiezo a tener conciencia de lo que implica viajar sola. Empiezo a darme cuenta que la única compañía durante este viaje serán las personas que momentáneamente me encuentro en el camino, en las mismas condiciones que yo. Empiezo a darme cuenta que la única compañía real será yo misma y la voz más amable será la mía propia, la que resuene detrás de los ojos.

Los chicos con pinta hippie, los trabajadores del aeropuerto que bajan a almorzar, las chicas que están esperando por su vuelo y gritan de emoción, se toman fotos y las suben a twitter anunciándole al mundo que el momento ha llegado, que su momento ha llegado. La familia modelo que comparten comida; tanta corrección y tanto orden me causan vértigo. Van y vienen, la gente va y viene como las olas del mar, y yo estoy ahí sentada a la orilla, en una especie de ruleta rusa, sin saber si en esta ola o en la próxima la espuma se estrellará contra los dedos del pie.

Y así, como todos se han ido, me toca partir.

Es hora de hacer filas: pagar impuestos, no chequear la maleta, revisar que lleva el peso justo. Es empezar a escuchar otra variedad de español. Es que te desordenen la maleta. Eso nunca se lo perdonaré, señorita, téngalo presente. Es hora de cambiar dinero. Que el señor te interrogue y te mire sospechosamente porque piensa que estás sacando dinero de su cuenta, no, no señor, es mi tarjeta. Es hora de ver a ese grupo de mujeres que son felices con la tarjeta de crédito del macho alfa. Allá van con sus ropas caras, tacones lejanos y cada mechón en un lugar preciso. Es hora de ver a las parejas despedirse con lágrimas en los ojos de ella… Te entiendo mujer, en otra vida estuve en tu lugar. Es hora de tratar de seguir con los consejos: vamos por un jugo natural y evitemos las estafas:

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Empiezo a sospechar que voy a desarrollar una alergia emocional hacia los turistas. Hacia cierta clase de turistas.

Es hora de bajar, es hora de finalmente cruzar seguridad. Es hora de ir a esa esquina del aeropuerto y esa valla tan espantosa que tienen cubriendo el ventanal.  Una buena metáfora de la realidad, para no ver los caseríos con techos de latas de colores desiguales vamos a poner un pancarta con fotos de gente feliz, consumiendo felicidad y generando esa distancia entre los que no lograremos tener un espacio en ese cielo de cinco estrellas.

Otro chico guapo, español, en este caso. Muy concentrado en su celular. ¡Ay estas generaciones! El señor de policía turística que me pregunta si soy extranjera para hacerme un cuestionario… No, soy tica. La llamada de una amiga me devuelve a la realidad terrestre y me doy cuenta que estoy ansiosa, que no sé que va a pasar, que me siento atraída por ese precipicio de lo desconocido.

4:30pm, 13 de agosto. Es hora de cruzar el charco y apagar todos los dispositivos electrónicos.

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Te extraño, Europa

Entonces, para mí el mundo perfecto tendría la forma de acordeón. Lo podría plegar tanto como quisiera y podría llegar a ese concierto en Praga cuyo póster patrocinador lo vi mientras me despedía de esa ciudad en un bus cualquiera lleno de gente cualquiera que iba a trabajar a un lugar cualquiera.

Podría ir a esa exposición de fotografías en Berlín, al museo de Mucha y a la exposición de Dalí. Podría caminar largo y tendido por el Danubio, por el Moldava, por el Rin tomando medio litro de cerveza en el parque, huyendo de los patos, tomándole fotos a los candados. Si lo desplegara un poco más podría volver a ese café bohemio de chocolate espeso, jardín pequeño y nubes de nicotina. Podría plegarlo más y llegar a la fiesta de cumpleaños de mi amiga en Italia, comer las fresas que no comí en las montañas de Suiza y a visitar a mis amigos en Argentina que de una u otra manera me rescataron, en el muro de Berlín y sus graffitis, en un apartamento perdido en Praga 9. Si se pudiera plegar este mundo, volvería a esconderme con vos en el tercer piso de ese edificio por dos o tres noches o las que hagan falta: afuera las estrellas y esa bandera roja, verde y blanca. Volvería solo para escuchar mis pasos en esas calles adoquinadas, para volver a comer esos melocotones, para volver a ver esas fotos a la orilla de las ventanas.

Si este mundo fuera perfecto, podría tomarme otra cerveza con mi amigo en Hungría en un bar cualquiera, volveríamos a hablar de la vida como lo hacíamos antes, correría por el pasillo de ese edificio porque mis ganas de orinar están a punto de dejar el rastro de su voluntad. Volvería a despedirme de vos, volvería a llorar a lágrima viva porque no soporto despedirme. Volvería a despedirme de vos en esa entrada de metro. Volvería a despedirme de vos caminando por ese pueblo, vos con tu maleta y yo con no sé qué decirte, volvería a despedirme de vos en ese bus por segunda vez, volvería a despedirme de vos y volvería a encontrarte. Volvería a ese bar de amigos praguenses, a ese restaurante con un mesero sonriente en su pobre inglés y mi nulo checho. Dame sonrisas porque yo no sé cómo ligar, prometí volver, pero he roto mi promesa de la manera más vil: la verdad no tenía ganas de ir a tu apartamento.

Si pudiera, plegaría este mundo perfecto y lo detendría así en mis manos, para que este tren no nos separara, en este, el abrazo más honesto, más cálido, más inesperado y más desesperado, en un andén cualquiera, en un tren cualquiera, para recorrer medio país en unas horas. Si este mundo fuera perfecto nunca tendría que gastar esas monedas que me has enseñado a leer. Si este mundo no pudiera plegarse más, me quedaría aquí, contigo, en Londres, en Egipto, en Berlín. Si mi último día en esta ciudad era contigo, bien valió la pena llorar como alma en pena en la primera parada de bus que encontré, bien valió la pena la soledad, la tristeza y el desamparo.

Si este mundo fuera perfecto, podría desplegarlo y volver a esa tienda de miniaturas que me llena de ilusión en Frankfurt, volver al mercado de esa ciudad y hablar con la chica que me regaló una trufa belga, su amistad y parte de su vida. Si pudiera plegarlo, volvería a la callecita de tiendas en Heildeberg, volvería a la torre más alta de Frankfurt para que me volvieras a enseñar tu ciudad y me recomendaras tu helado favorito con reducción de balsámico y remolacha. Me tomaría un café y hablaría con los ojos a la gente, porque no podría comunicarme con ellos y ellos verían que soy feliz, ahí, sola, en medio de la nada, en medio de todo, en ese mundo plegado, a la par de esa pared azul llena de tubos de colores. Volvería a tomar una siesta en el parque de Heildeberg, vería a ese niño correr persiguiendo palomas en Frankfurt como yo perseguía cangrejos a su edad en alguna playa del Pacífico, compartiría una banca con su madre y ella me hablaría para yo solo responderle con una sonrisa. Escribiría postales a mis amigos, en un café a la orilla de la acera. Volvería a enamorarme de ese pequeño reloj astronómico y me despediría con una sonrisa del guía que se ha dormido otra vez justo después de explicarme entre inglés y alemán cómo funcionan los años en ese reloj. Si se me diera la oportunidad, lo plegaría más, volvería a esa vidriera llena de máquinas de coser, y le compraría un helado a la nieta de ese abuelo que me explicó cómo llegar a la puerta de Bradenburgo.  Pensaría en que ojalá vos y vos y vos y vos y sí, vos también, estuvieran conmigo para compartir este pedazo de vida.

Volvería a plegarlo una vez más y me mojaría otra vez con la lluvia de Praga buscando la casa de Kafka, huyendo de los insoportables turistas que lo consumen todo, que lo manchan todo, que lo devoran todo y lo escupen a la orilla de un castillo que tienen los mismos átomos que la cámara que lo golpea con esa luz enceguecedora. Ese castillo, ese jardín que tiene los mismos átomos que tus manos. Si pudiera plegar este mundo, me cubriría de ese cielo gris y encapotado de la Torre Pretín, de Berlín. Me volvería a sentar a la orilla de la Plaza con su fuente en medio de la rotonda conmemorando las luchas de los franceses, descansaría mis pies y mi espalda adolorida. Volvería a tomarle foto a esas gotas de agua que caían, en esa otra fuente mientras vos, tan tímido no te atrevías a hablarme, pero al menos te sentaste una banca más cercana a la mía. Perdón por no tenerte tiempo.

Lo desplegaría aún más, para que la nostalgia y las ganas de volver salgan de esta habitación, para que los pájaros afuera la usen para tejer sus nidos. Para que las mariposas le pongan color, para que el colibrí la despedace con ese aletero nervioso de quien no sabe qué hacer con tanta nostalgia entre pecho y espalda. Te extraño, Europa.

Que haya espacio en el mundo

Fuera que ya haya pasado.
Sea que esté a punto de pasar, el caso es que Hollywood nos ha jodido la psique con esos momentos sincronizados, de cruzar la ciudad punta a punta en un taxi, bajo la lluvia y que maravillosamente el otro o esa otra esté ahí, mágicamente dirigiendo sus dedos para tomar su maleta, en un no lugar donde, seamos claros, con costos uno logra encontrar la puerta de embarque y la maleta ¡qué vas a estar encontrando a alguien con camiseta blanca, sandalias negras y jeans azules! Créame, eso no pasa en la vida real y aún así, amamos la posibilidad latente de esa sincronicidad. Tan jodida la tengo (mi propia psiquis) que escribo esto justo ahora.

Así como la gente tiene la psique incluso más jodida que yo y tiene calendarios maya en el cuello, lee libros de psicología para entender lo que creen que está pasando, ahoga sus errores y penas en vodka destilado tres veces para pasar otras tres vidas durmiendo. Para luego seguir hablándole a ese otro como si fuera un experto, sintiéndose validado, apoyado y graduado en el confuso arte de entender al otro (cuando ni siquiera saben preguntarle, honestamente, cómo se siente).  El mal gusto y la falta de elegancia es algo que no se compra, no se vende y no se esconde tan fácilmente como un condón en el bolsillo.

Así que, sea que ya haya pasado, sea que esté por pasar, solo espero que haya mucho espacio en el mundo para que no tentemos el destino, que no nos falle ese momento mágico de Walt Disney  y no nos tengamos que ver a los ojos de nuevo.

Los míos son grandes y no saben mentir.
Los tuyos son pequeños.

Adiós, porque nunca te prometí un abrazo eterno, solo la eternidad en cada abrazo.

San Luis de Puntarenas (Monteverde), toma dos. Vol. 2

A continuación recuento, ahora que hago tiempito libre y para que no se acumulen las ideas y se pongan malas, como las guayabas en el zacate:

Monteverde, la verdad me recibió bien. En algún punto me desperté: por la ventana todo era verde y blanco. Como en esas fotografías. No le pedí permiso a la madre rubia de casi dos metros de altura y sus dos hijas hablando una mezcla preciosa de español y de inglés para espiar por la ventana.  Al fondo, las chiquillas alemanas en una pura algarabía y el chofer del bus con Juan Luis Guerra de fondo. Exactamente con las mismas canciones con las cuales escribo esta entrada, solo porque me apetece y para hacer un contraste con esa neblina que baja, baja y hace desaparecer los árboles y las montañas.

Tengo una queja y es una queja tonta, porque entiendo por qué hicieron el cambio: la parada de buses ya no está en el centro, si no, cuesta arriba, pero si traés mucho equipaje o equipaje pesado se complica la cosa cuesta abajo. Entiendo que la idea es descongestionar el centro. Y bueno, si estás aquí, no necesariamente estás buscando el confort, así que no haga caritas.

Como yo más o menos sabía lo que me esperaba, la cosa había que tomarla con calma y bueno, señal del destino será que al frente de mi habitación estaba una hamaca. (Que yo previamente he asaltado, libro, almohada y edredón en mano a lo modo mariposa en metamofosis.)

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Pero, el caso es que al menos un par de veces le saqué el jugo a esa hamaquita… La segunda vez, siesta dominguera con el sonido de la lluvia de fondo, cobija y el arruyo literal, de las aves. Como siempre, el sonido del toledo, después del pájaro campana son de mis sonidos favoritos en este lugar.

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Cosas maravillosas de este lugar:

  • LA GENTE. Lo he dicho, lo seguiré diciendo. Gente más amable que esta no he encontrado en esta tierra, no he conocido. Es necesario tomarse el tiempo, para abrirse un poquito, tomarse el tiempo para compartir con ellos y ellos lo compartirán todo. Es que me los llevo en el bolsillo! Sus sonrisas, sus historias, sus chistes:

    “Y entonces, diay, pues este hombre vio a la Susana y le puso el ojo. No le va diciendo: “Usted sí que es guapa, por qué no salimos”. Y ella se le vuelve y le dice: Yo?, con usted? Si yo soy una dama, qué tiene usted para ofrecer, yo soy una mujer estudiada…. Oh usted! Malagradecida, tras de que la dejó el tren, desprecia el taxi que le viene a hacer rai”

    Gracias, de verdad gracias. Ustedes son gente maravillosa. Gracias por darme ánimos. Gracias por las horas compartidas, gracias por recibirnos, gracias por todo el conocimiento. Espero poder transmitirlo a los siguientes estudiantes para que entiendan por qué están en un lugar privilegiado y por qué es tan diferente de mi amada Costa Rica.

  • 2013-08-06 11.51.28

    Gente linda, siempre sonriente, siempre te saluda, gente trabajadora, que está comprometida con el futuro de su comunidad y de sus hijos.

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    Aquí te comparten lo que tengan. No importan si están en una situación relativamente acomodada o en pobreza: te ofrecen cama, tiempo para escucharte y contarte historias, su café y su cariño. Café que por cierto puede estar aromatizado con canela y clavo de olor…

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    Esa imagen me saca una sonrisa, de esas…

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    Tomemos café y contemos historias. Yo te invito. El pan recién horneado de pasa y chocolate.

  • Cucarachas: esto estuvo a punto de minarme la paz y la poca confianza que uno pueda tener. La poquísima. Calculo que dejo San Luis con 10 cucarachas menos, en 9 días.  Cuatro me pegaron un susto enorme. La primera salió de la manga de la chaqueta, como estaba en media entrevista, concetrada para recordar qué me decía el muchacho para luego traducirlo, no grité y mantuve la compostura. 2013-08-08 21.47.37Es más, nadie se dio cuenta. Ante todo el profesionalismo 😛 La segunda salió del bolso cuando estaba buscando la bolsita cerrada del cepillo de dientes y pasta dental. Susto y medio. La tercera me asustó un poco menos porque estaba en el comedor con más de treinta chicos de una escuela de Alabama (chiquillos y gente tan amable y desenvuelta para la vida, wow!) y pues bueno luego de sonarme la nariz me di cuenta que tenía una mis amigas en la servilleta. La última casi me hace llorar, se los juro (y pasó un rato para que me pudiera tranquilizar y dejar de sentir sus patitas en mi pulgar izquierdo, pinche homúnculo!). Esa salió de la bolsa de las cosas de baño. A mí me sorprende escucharme, mi voz cambia totalmente cuando estoy asustada a punto de llorar…
  • El tiempo de las mariposas y no me refiero al libro de las hermanas Mirabal. He visto muchas mariposas, parece que el calentamiento global las afectó y se esperaron a las tardes secas de la época lluviosa para reproducirse. Les juro que dos estaban felices de la vida, en la hoja de las entrevistas mientras yo me conformaba con traducir. Vida esta más dispareja…
  • Los chicos que ya conocía, los nuevos que están: gente de verdad linda. Y con los que uno juega los juegos de mesa de la infancia…

    2013-08-10 21.36.57

    The winning matching card was: “The miracle of childbirth”. Toquen madera mis guapos…

  • Los paisajes. Aunque los primeros días estuvieron bien sequitos, de atardeceres coquetos y noches despejadas para ver las estrellas fugaces más bonitas que haya visto en mucho tiempo, justo ahora llueve y no parece que vaya a terminar de llover pronto. Como ya todo está empacado (la “ropa de invierno” y las botas de caminata) y guardado en la bogega, ahora estoy un poco desprotegida para la vida. Se arregla en unas horas.
  • Sección chica de atardeceres enormes:
  • Los cachorros…
  • 2013-08-07 08.01.25

    🙂

     

Nos vemos a la vuelta… Aquí seguimos con Juan Luis Guerra, el aguacero y la niebla…

Justo antes de saltar…

¿Recuerdan este video de Placebo?

Bueno pues así,  justo antes de saltar cruzás los dedos. Abajo, la nada o lo más lo desconocido: puede que haya algo pero realmente no se sabe qué es y ante esa falta de identidad nominal, la nada es más fácil.

Ansiedad, tengo mucha ansiedad.
Estoy terminando de empacar, faltan algunas cosas de cuidado personal que las pondré mañana en la mochila. La maleta de mano lista: la meta era dos, no más piezas de equipaje para ir al monte. Mucho menos para cruzar el mar.
Tengo ansiedad.

Estoy empacando cada vez menos y no sé adónde regresaré dentro de cuatro meses, eso es a lo que temo: al regreso.
Puede que no quiera regresar, puede que no sepa regresar, puede que no haya que regresar, que no haya más nada.  Durante cuatro meses calendario y dos años entre pecho y espalda, estaré lejos de mi amada San José y de mucha gente que quiero. He hecho mi más sincero esfuerzo por contactarme con todos y verlos y compartir con ellos un poquito de tiempo, pues eso al fin y al cabo es lo más valioso que tenemos. Con algunos lo he logrado más exitosamente que con otros, porque es inútil tratar de comunicarse con alguien que solo te contesta con monosílabos o que tiene cero interés en compartir parte de su vida y la he pasado genial con cada uno de ustedes, y no miento si dijera que lo volvería a repetir.

Hay gente terriblemente ocupada normal, yo soy una de esas. Hay gente terriblemente enamorada y más despistada de lo usual. Hay gente viviendo otras vidas y así, el vínculo se va añejando de la misma manera que la nostalgia tiñe las memorias. Así las cosas, ya vos no sos parte de su vida, de manera que pongámoslos en el capítulo que corresponda. Con otros corté toda comunicación, de manera tajante y radical: soy algo más que “una cara bonita” y el hecho de que esté soltera no implica que me convierta en una vagina con pies para subirme a tu carro: nunca me había sentido tan mal, por ser cosificada de esa manera y nunca me había sentido tan mal por mandar a la mierda a alguien: lo hice con seguridad y con fuerza. A los dos segundos lloraba como un crío.

Le tengo miedo al vacío y a lo desconocido. A que no me salgan las cuentas como tienen que salir. Estoy cansada de esta vida en modo batidora de esta última semana, necesito aire, aire, aire. Pase lo que pase, voy, iré, estoy yendo. Puede que tenga las agallas para hacer lo que siempre he querido hacer pero eso no minimiza el hecho de que me tiemblen las rodillas como gelatina o que me den ganas compulsivas de llorar. ¿Qué putas estoy haciendo? Saber que estoy a punto de algo que radicalmente podría cambiarme no minimiza el hecho de que mucho he sacrificado y a mucho y a muchos los he dejado en el camino: dejé ir a la persona que amaba en pos de mi libertad, la mía y la de él. En nombre de la paz, la mía y la tuya: terminar una relación muchas veces no tiene nada que ver con el cariño o amor que le tengás a esa persona. Finalmente, un capítulo cerrado, aunque sinceramente no quiero saber más de vos. Seguir tus sueños o tu propio instinto no venía con esa advertencia de que te podría salir caro.

 

Tiquetes aéreos… algo así como la felicidad

Empecemos con una confesión: me encanta comprar tiquetes aéreos.

Me encanta meterme en los diferentes buscadores, agencias y compañías aéreas; cambiar las fechas, los lugares de llegada cuando sea posible y ante todo buscar el más barato. Encontrar lo caro es fácil y burdo: a mí me gusta ahorrar hasta el último céntimo en tiquetes.

El año pasado, muy a mi pesar, no pude hacer ninguno de estos viajes. Pero fue un año bien complicado. Así que este año compenso y con creces.

Mi mejor amigo se casa… Muy lejos de casa, ¡en Hungría!

 

Y ya tengo los tiquetes listos para ir.
Y voy a ser testigo en la boda.

Que no nos quiten lo bailado, guapo.
¡Pero qué falta me hacés, en serio, qué falta!

Me he quedado huérfana para los helados de la pops, para comer donde el chino, para irnos a tomar las frías, para hablar de los problemas de la forma racional, para irnos a tomar un café, para dar los cursos de entrenamiento, para jugar video juegos, para cuidar la pecera, para compartir libros, para leer a Borges y Gonzalo Rojas, para hacer trabajos de la u juntos, para que me deseés un feliz cumpleaños, para los no abrazos, para reírme de lo despistado que sos,
para ser tu hermanita menor.

Solo puedo decir que me alegra montones saber que estoy a dos meses de volverte a ver.

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