Vamo a hablar panameño

Fue lo que se me ocurrió a medialuz, una noche cualquiera en uno de mis bares favoritos en el Casco Antiguo, en ciudad de Panamá. Puede que la balboa que me estaba tomando influyera en la conversación. Eso y el hecho de que no estaba entiendo al 100 x 100 lo que la gente decía.

Empezaron con la explicación. Annie y Sabrina. Hasta que las tuve que interrumpir. Correr donde el mesero y suplicarle un pedazo de papel y un lapicero. Pues no, ir donde el parrillero quien con un guiño me dijo que a cualquier persona le daría hasta su alma, pero como era yo no. Apelé al hecho de que quería aprender a hablar panameno. No resultó: el tipo en cuestión era colombiano. Me volvió a guiñar el ojo y me dio su lapicero.

Entonces, Annie y Sabrina, gustosas me compartieron su listica y yo con ustedes.

 

  • Tilín tilín y nada de paleta. Algo así como ser pura paja; perro que ladra no muerde, o mejor aún: ofrece y ofrece y a la hora de la hora, nada de ná.  Para más recursos didácticos, vea el video. (Ellas lo cantan de corrido…)

    https://www.youtube.com/watch?v=7VgDVvhvjx4

  • Tranque: presa. (En Ciudad de Panamá eso sobra, a cualquier hora.)
  • Chucha: la versión de panocha, órganos reproductores externos femeninos.
  • Chucha madre: o como yo diría puta madre, la puta que te parió. (Pero si usted es una señorita de bien, como no me queda la menor duda y está ante la presencia de señoritas de igual categoría, sírvase a decir: “cha madre”.)
  • Micha: mal pensados…. Es un tipo de pan: pan de micha.
  • Pinga, verga: picha, pene.
  • A ya lá (la vida, la máquina, la verga): denota sorpresa. ¿Al chile? ¿En serio? ¿Me estás jodiendo?
  • Man (ese/ esa man): el equivalente a mae.
  • Agüevado: significar estar como el huevo, es decir lento. Nada que ver con nuestro agüevado que significa que está triste.
  • Parking, parquear: irse a tomar la frías con los compas. Justo lo que estábamos haciendo cuando recibí esta lección de panameño.
  • Chilea: tranquila.
  • Pinta: cerveza.
  • Ajo  jo, chucha: ¡yyyy mae!
  • Bochinche: chisme.
  • Cógela: suave.
  • Qué por sopá: qué pasó. Algo así como el mopri que viene de primo.
  • Priti: mi favorita por mucho. Tuanis.
  • Vaina: vara, carajada.
  • Pelaíto: güila, niño.
  • Se formó un vergero…

¡Muchas gracias chiquillas!

 

La ciudad que me robó el corazón

Sí, y yo sin esperármelo. Porque así parece que son los robos: inesperados, dejando una estela de desolación y vacío. Un vacío raro, porque se tiene la certeza de la carencia de un algo, y ese es el problema: “algo” es terriblemente indefinido pero no por eso deja de ser pesado. Así, la ausencia, ante la carencia de ese peso hace las cosas más complicadas.

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Y así estoy yo con un vacío extraño y un frío incontrolable. Lo primero no lo puedo explicar. Lo segundo atañe a la lógica de pasar más de 5 días por encima de los 30ºC. Al regresar a mi San José querida por debajo de los 25ºC, la diferencia se siente y se acomoda debajo de las cobijas que ni en tus peores pesadillas podías tener la lado cuando sudabas la gota gorda las 24 horas del día. El bronceado que tengo ahora, el mejor de toda mi vida, no me deja mentir.

 

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Y pensar que William Walker la destruyó toda, toda… La quemó y puso un ataúd, diciendo “Aquí fue Granada”.

 

Granada, Nicaragua por mucho uno de mis lugares favoritos: es simplemente preciosa y me llena de ternura el corazón. Sus calles estrechas, el sonido de los cascos de los caballos sobre el asfalto o los adoquines, el sonido de lo que para mí es una volanta, las casas coloridas, sus paredes altas, sus techos de teja, el calor del clima como la amabilidad de su gente sencilla. Los pisos, los muros y los detalles coloniales. Sentarme a beber una de las mejores cervezas que he tomado, en una mesa, en medio de la calle, mirando la luna. Sabores que te nublan la razón y te llevan de la mano a lugares insospechados: el problema es no querer volver. Ver a la gente bailar en la calle. Ver miles de bicicletas. Sus iglesias, su lago, sus vendedores callejeros, los piropos deseándome una buena noche y los besos que tan generosamente me han regalado dos chicos a la distancia mientras me decían adiós y yo sentada en la orilla de la acera, esperando el bus de regreso a casa: así me dijo adiós Granada.

 

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Y no solo lo digo yo…

 

¿Qué hacer para que te enamoren así? Dejarse llevar, como todo en la vida que vale la pena ser disfrutado, es necesario dejar el raciocinio un poquitín apagado y dejarse llevar y andar a su propio aire; encontrando camino de los muchos que se te ponen alrededor y a mí nunca me ha costado dejarme maravillar.

 

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Cruzar la frontera no fue complicado: el lado tico es hasta bonito. El edificio se nota que es nuevo y de este lado te toca hacer los trámites personalmente, independientemente de que viajés con alguna compañía de transportes. Del lado tico NO se cobra nada por los trámites migratorios.

Al salir, no más me han dicho muchacha, guapa, money, money, change, dólars… Claro, los cambiadores de monedas están ahí, del otro lado de la malla. Altamente no recomendado.

Del lado nicaragüense, el contraste es evidente: es más pobre, amplio y para mi gusto desolado. El chofer de bus había recogido los pasaportes y el dinero que te cobran para pasar la frontera. Mientras tanto en unas mesas grandes te revisan el equipaje, pero con los extranjeros no son tan exhaustivos como con los nicaragüenses… Y yo que me estaba preocupando por tener que enseñarle los calzones al míster de aduanas.

 

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Mi primera impresión de Nicaragua: comidas ambulantes, artesanía. Desorden, limpieza y confusión. Y mucho calor.

 

No más llegar, nos perdimos. La situación se repitió por lo menos dos veces más. No fue culpa de la falta de nombres en las calles, puesto que los había, pero o en el mapa nos faltaban nombres o en las calles sobraban.  Quizá subestimé mi sentido de orientación y confié demasiado en mi compañero: al final era yo la que terminaba ubicando el lugar y eso me valió para cuando lo dejé botado en una heladería porque ya no lo aguantaba más: me devolví sola al hostel y me tiré a la piscina, ¡que hacía un calor! Al final, logramos llegar, no sin la consabida advertencia: “tengan cuidado que por ahí asaltan.”

 

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Ya en ese punto se me alteró un poco el humor. Es natural, ya me han asaltado con pistola en la cabeza y no quiero pasar por la misma experiencia de nuevo.

Llegamos al hostel, tiramos las maletas y yo tenía un propósito: comida. Así que nos fuimos caminando a la calzada… ¿Comer en una calle bulevar bajo una luna preciosa y un calor razonable que te motivaba a tomarse una cervecita? Eso era mi paraíso. Mi compañero de viaje no entendía mi fascinación. Y creo que nunca entendió porque yo me sentía tan feliz ahí: éramos como el agua y el aceite, él tenía poco espíritu de aventura, entre otras cosas. Vamos, que no se emocionó cuando vio un carro fiesta por el parque que te llevaba a varios bares mientras la gente baila y canta: eso es no tener corazón.

A la mañana siguiente:

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Mi definición de sabrosura.

 

¿Qué hacer en Granada?

1. Consiga un mapa, y explórela: de cabo a rabo, sin pena, sin miedo. Es una ciudad súper segura. La gente te recomienda tomar taxis: yo no veía la necesidad de cubrir 6 cuadras en 4 ruedas, de manera que así uno se broncea: caminando y así uno tiene oportunidad de medirle el pulso a la ciudad, al clima, a la gente y quizá de tomar una buena foto.

Yo pensaba que la manía de no caminar era algo tico… Pues parece que no. Me di cuenta de esto cuando estaba en Estados Unidos, un lugar a grandes rasgos pésimo para el transporte público, entonces te toca caminar como desquiciado, o conducís. Aquí cogemos un bus para recorrer distancias ridículamente cortas. Mea culpa.

 

 

 

2. No se preocupe por enfermarse… Eso es estar paranoico.

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Ojos los dientillos que se tiene ese león…

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Si necesita consejería…

 

 

3. Si no sabe español, aprenda alguito del idioma local, digo al menos para sacarle una sonrisa a su interlocutor por su inoperancia pero buen ánimo.

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4. Use condones. Este parece un consejo universal y solo menciono porque la foto me pareció de lo más espantoso que yo haya visto en mucho tiempo. No sé… se me erizan los pelitos de los brazos.

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5. Coma en el parque central: sí la comida es más barata, sabrosa y te la sirven con sonrisa incluida. De fondo, puede que haya un grupo de niños corriendo, unas cuantas palomas volando por la catedral o si tiene suerte como yo, una mejenga improvisada. Este fue mi última comida granadiense: terrible error. Pero ya sabe, llena y si anda corto de fondos: una salvatandas.

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6. Coma mucha comida local, siguiendo con la idea anterior. Igual va a subir de peso, pero que sea de cosas que nunca encontraría en su casa, que no sean cosas que se consiguen en todas partes. Por dicha, cadenas de comida rápida no encontré.

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Si hasta Jesús sube de peso en estas latitudes…

 

 

7. Siguiendo con el comentario anterior de las cadenas de comidas transnacionales sí me dolió un poquitito entrar a este supermercado. A pesar de que el nombre sea distinto, el logo es el mismo a uno que tenemos acá y por ende, los productos también. Como ustedes saben, adoro entrar a los supermercados extranjeros, para ver las diferencias, no para encontrarme las mismas cosas que en el súper de la esquina con más o menos números…

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8. Disfrute del buen tiempo. A pesar de que yo más de clima montañez o clima bien fresquito, igual son bonitos esos días de sol.

 

 

 

9. Visite las iglesias… Aclaro, no es que me haya convertido (¡Dios me libre!) pero me encanta visitar iglesias y fotografiarlas. Cuando más raras, mejor.

 

 

9.1. Suba la torre de la Iglesia de La Merced. Por la módica suma de $1, sí señores y señoras, leen usted bien por un dólar usted tendrá derecho de subir a la torre de la iglesia. Recomendación: a la hora del atardecer. Yo lo hice en ese momento porque venía llegando el tour de las isletas y quedaba un poquitín de tiempo antes de la cena, digo, acompañar a mi cenar a mi compañero de viaje para que no muriera de inanición. Por supuesto, él no me acompañó. (¿Ya van entendiendo por qué somos como el agua y el aceite?) Al bajar, pues me mareé un poco… Recomendación agarrar la cantimplora para que no suene mucho contra las paredes, más si hay misa, como me pasó a mí.

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¿Qué un dólar para tanta belleza? Suban ya, que a los primeros 100 clientes les vamos a dar un mareo gratuito en la bajada. Y si es de los primeros 50, una linda bandada de pericos puede que vuelen al frente suyo. ¡Llame ya!

 

 

10. Móntese en unos de esos carruajes y deje que un local le cuente su versión de la historia de su propia ciudad. Jamás tema preguntar: si ellos tampoco saben la respuesta, inventarán una historia que igual te dejará satisfecho. El caso es que si tiene tiempo, siga el consejo uno. Camine, vuele pata, trolee… Puede que visite unas cuantas partes y luego al hacer este tour, pues negocie con el chofer y le haga un descuento: así ahorré $5.

 

 

11. Visite el cementerio. Por alguna razón, el señor del tour del punto anterior estaba excesivamente interesado en que yo viera una parte del cementerio y no la otra… No, que allá está el lujo, el mármol. Una vez montados de nuevo en su volanta me señaló con la mano la sección donde enterraban a los muertos. Ahora que lo pienso, así es como fui protagonista de uno de los libros de Saramago.

 

 

12. Aproveche las ofertas.2013-04-15 11.17.11

 

 

13. Recuerde sus años mozos. Nunca más volverán.

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14. Sonría… Honre a sus patas de gallo. Van a salir igual.

 

 

15. Las isletas, no es para morirse. Pero si va a hacer el tour haga uno por la tarde: en la mañana el calor puede ser insoportable y por la tarde será recompensado con un precioso atardecer con la catedral de fondo.

 

 

16. Los dulces de coco que venden en la calle: sí, sí y sí.

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17. El mercado de artesanías de Masaya es un “must” sobretodo si tiene que comprar algo más que tarjetas postales para los familiares y amigos en casa. El viaje de ida y vuelta en bus así como la termina y el mercado al que llegás te expone a una Nicaragua más real (y por mucho la más pobre).

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Igual, el mercado es como todos los mercados: llenos de color, aromas y chunches…

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18. La laguna de Apoyo: de mis lugares favoritos. Al lugar donde fuimos era un hostel hermano del que nos estábamos quedando en Granada, entonces el tour salió más baratos. Nos fuimos cinco: un surfeador californiano con su novia que curiosamente trabajan en Costa Rica dando clases de inglés en una playa y una chica alemana de origen japonés. Ella se quedó ahí: por mucho fue la más inteligente del grupo.

 

 

19. Tenga la cámara lista… Puede que pase un funeral y no pueda como yo tomar una foto del carruaje fúnebre… (Que era muy bonito.)

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20. Grama… ¡Mi bebida favorita!

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21. Observe a la gente en los parques, en las calles.